Nanotecnología: la revolución inminente
Nanotecnología, el futuro que viene Crédito: http://fisica.usach.cl

Nanotecnología: la revolución inminente

Meditar sobre el mañana reviste mayúscula importancia, pero precisa saltar sobre las crisis actuales y evaluar rutas sociales inexploradas. O desatendidas. Para conseguir algo así, es saludable apartarse alguna vez del dictamen de los medios masivos de comunicación, y versiones existenciales poco atendidas. Hay eventos diferentes a las fluctuaciones en los precios de los alimentos de primera necesidad, el combustible o la energía, o las últimas leyes aprobadas por el cabildo municipal (aunque, claro, no podemos perder éstos de vista).

En aras de conseguir colectividades más educadas y conscientes de la influencia en la vida de los cambios tecnológicos recientes, habría que observar más ciencia y menos farándula y tratar de entender el mundo que nos rodea desde una posición autónoma. En fin, apartarse del consenso e ingresar en los dominios de la incertidumbre.

Las fronteras de la estupidez

En su novela “El fin de la eternidad”, Isaac Asimov, hace la siguiente reflexión, que compete a quienes promocionamos nuestras realizaciones y en especial a la publicidad misma: “¿No es desagradable la ostentación que esas gentes hacían de sus creaciones? ¿Quién puede ser tan estúpido como para creer a una persona que ensalza su propio producto? ¿Acaso va a confesar sus defectos? ¿Retrocederá ante cualquier exageración para venderlo?…”

Ahora bien, ¿qué es la estupidez?, los diccionarios, aunque contengan algunos equívocos, siempre suministran referentes y la mayoría de quienes los escribieron, definen estupidez como “falta de inteligencia”. Pero ¿y qué es inteligencia?, esos mismos diccionarios la reportan como “la habilidad para pensar y aprender”; ahora bien ¿qué es ‘habilidad’? ¿o ‘pensar’? ¿o ‘aprender’?, el ciclo se torna infinito pues el idioma comporta perpetuas tergiversaciones.

De vuelta a la estupidez. Un término etéreo y resbaloso, acomodaticio a más no poder. Llamamos estúpido a cualquiera que se conduzca de forma censurada por, o inexplicable para, nosotros; y aún así todos pensamos manejar el concepto con gran precisión, algo de lo cual se burló Robert Heinlein, otro escritor a quien cité columnas atrás, cuando en su novela “Tiempo para amar”, consignó ideas que su traductor al español interpretó así: “La estupidez no puede curarse con dinero, ni con educación, ni por medio de la legislación. La estupidez no es un pecado; la víctima no puede evitarla. Pero la estupidez es el único delito capital universal: la sentencia es la muerte, no hay recurso, y la ejecución tiene lugar automáticamente y sin clemencia”.

De allí infiero que la estupidez es siempre aquello que nos lleva a emprender caminos lesivos a nuestros intereses (pudiendo incluso causarnos la muerte): la guerra es el ejemplo clásico. Lo terrible es que la estupidez, como concepto, derrota cualquier tentativa de capturar temática. Como el vacío, al cual algunos físicos asumen como sustancia universal única, la estupidez no respeta fronteras. Todo es vacío, incluso lo que llamamos “materia sólida”, y si el vacío llena todo el universo sus propiedades limitan cuanto podemos hacer. Repito, igual es la estupidez, ilimitada, ilimitable. Es ella la que nos limita a nosotros pues con el tiempo hasta las mayores genialidades se transforman en estupideces. Y viceversa.

Eso es lo desagradable de la existencia. Y lo agradable de ella.

Aunque, eso sí, en el mercado jamás encontraremos un seguro que nos ampare contra nuestra propia estupidez. Nadie puede protegernos de ella, y quien trate de hacerlo sólo despertará nuestra animadversión. Es más en el hipotético caso de que alguien nos defendiera efectivamente en su contra, nos privaría de las magníficas ganancias que reporta la experiencia.

El prólogo necesario

Tan extensa (y estúpida), introducción preliminar era obligatoria por varias razones: 1. Porque no creo que la estupidez sea forzosamente negativa. 2. Porque tengo mi buena ración de ella. 3. Porque la mayoría de los lectores cree que la magia no existe y encuentran estúpido cuanto se relacione con ella… y voy a referirme a la nanotecnología… una tecnología cuyas nociones son tan vanguardistas que pueden tomarse por magia. Aunque no lo son.

La nanotecnología es la tecnología de las máquinas microscópicas, y designa todas las investigaciones tendientes a proyectar y construir aparatos con dimensiones inferiores a 1000 nanómetros (una milésima de milímetro) o menos. Recordemos que un nanómetro es la mil millonésima parte de un metro para los hispanoparlantes, o la billonésima parte de un metro para los angloparlantes (ello por cuanto el billón de los angloparlantes corresponde a los mil millones de los hispanoparlantes, por lo cual se ha introducido recientemente al castellano la palabra “millardo” para hacer la equivalencia).

El siglo XXI será el siglo de la miniaturización.

Otros términos que por lo común se asocian con nanotecnología o incluso se usan en lugar de ella son: robótica molecular, autorreplicación o ensamblaje posicional.

El principio nanotecnológico básico es que todos los productos manufacturados están hechos de átomos, y que las propiedades materiales de tales productos dependen de la disposición de dichos átomos; si esos átomos logran ensamblarse con alta precisión devienen resultados portentosos como los que conducen a obtener diamantes a partir del carbón, o chips para computadores a partir de la arena.

Richard Feynman, fue el primer humano en esbozar nociones de nanotecnología, en su conferencia titulada “Hay mucho espacio en el fondo”, la cual presentó a ante la sociedad estadounidense de física el 29 de diciembre de 1959 (años después Feynman obtuvo el premio novel de física).

Entre las variadas posibilidades que en aquella ocasión planteó Feynman (muchas de las cuales son, desde entonces, metas potenciales de la ciencia moderna) está la construcción de máquinas con alambres cuyos diámetros oscilan entre diez y cien átomos. Algo que el especialista K. Eric Drexler, ambienta con una imagen mental para que darnos idea del tamaño atómico mediante su comparación con seres vivos: imaginemos un mosquito de medio centímetro de largo, ahora dividámoslo en 10.000 (diez mil) partes y tendremos la medida de una bacteria. Acto seguido, fraccionemos a esa bacteria en otras 10000 (diez mil) partes.

Cada una de ellas tiene el tamaño de un átomo promedio.

Esa es la escala de las nanomáquinas.

¿Y servirán?

Para infinidad de usos. Permitirán convertir en realidad los hasta hace poco “sueños” de tantos escritores de ciencia ficción. A decir verdad, su presumible utilidad es tan amplia, que antes de pormenorizarla conviene explicar las cosas para las que, definitivamente, las nanomáquinas no podrán usarse, dos sucesos en especial que, pese a todo el conocimiento reciente, los científicos contemporáneos asumen como categóricamente imposibles: viajar más rápido que la luz, y desplazarse a través del tiempo. Esos sucesos son IRREALIZABLES. Con o sin nanotecnología.

Sin embargo, la nanotecnología modificará de forma dramática casi todos los procesos industriales, al posibilitar la fabricación de elementos más resistentes, más livianos y sobre todo más baratos; por ejemplo, trajes de seguridad elaborados con carbono, cuyas fibras de diamante resistirán diez veces más que el acero. O computadores miles de veces más rápidos que los computadores actuales, incluso cientos de miles de veces. O eliminar las cicatrices que causan las intervenciones quirúrgicas y controlar numerosas enfermedades. O descongelar y revivir a aquellas personas cuyos cuerpos congelados mediante criogenia o biostasis. O hacer viajes espaciales con menos dificultades. O prolongar la vida y rejuvenecer a los ancianos.

A nivel molecular los procedimientos productivos de hogaño son demasiado toscos. Moldear, tallar, laminar e hilar, o incluso los procesos litográficos, se deben a la manipulación de enormes cantidades de átomos y con un grado de desperdicio enorme.

Los especialistas en el asunto como Drexler y el doctor Ralph Merkle afirman que, a dimensiones moleculares, nuestras destrezas para hacer objetos, aún las más sofisticadas, son equiparables a la labor de un grupo de niños consagrados a juntar piezas de LEGO con guantes de boxeo. Es decir, podemos amontonar las piezas de LEGO en grandes bloques, pero no ensamblarlas como se nos antoje.

La nanotecnología hará que las industrias humanas prescindan de los guantes y ensamblen cada átomo en su lugar preciso, hasta hacer casi cualquier estructura consistente con las leyes de la física a detalle molecular.

Cabe anotar que los interesados en profundizar en este fascinante tema pueden encontrar, y descargar de la red, el libro “Engines of creation” de K. Eric Drexler, (versión en inglés) que en un lenguaje cotidiano (orientado al individuo común más que al científico) expone los preceptos básicos de la nanotecnología y sus eventuales aplicaciones y consecuencias.

En el área de la medicina, también es posible comprobar el grado de interacción que la medicina y la robótica entablarán a lo largo de este siglo, si se consultan en Internet las investigaciones de Robert A. Freitas (Tomo I, “Principos básicos”, 1999, Tomo II “Biocompatibilidad”, 2003, Tomo III, “Sistemas y operaciones”, y Tomo IV, “Aplicaciones”, estos últimos en preparación para 2005 y 2007 respectivamente).

Los cambios que traerá la revolución nanotecnológica serán, en palabras de Drexler (un científico auténtico y no un especulador de la ciencia) tan profundos como los que produjeron la revolución industrial, los antibióticos, y las armas nucleares, sólo que concentrados en un lapso muy breve. Una vez se den las condiciones tecnológicas necesarias, la transformación de la civilización podrá igualar en magnitud a la operada en el mundo occidental desde la Edad Media hasta nuestros días. Pero apenas en una década.

¿Fantástico? o ¡Fantástico!

En el mundillo del diseño son frecuentes dos tipos de profesionales: Quienes entienden lo que no diseñan y quienes diseñan lo que no entienden. Para que dicha división concluya, es preciso dirigir hacia el futuro la idiosincrasia, pues desde IBM hasta Canon y desde los Estados Unidos hasta el Japón, incluida la Unión Europea, todas las compañías tecnológicas de punta y sus correspondientes gobiernos trabajan en el tema.

Es normal que los científicos se rehúsen a predecir el conocimiento o a discutir los posteriores desarrollos de la ingeniería. No obstante, muchos ingenieros, y arquitectos, y diseñadores, sí proyectan el futuro, si bien casi todos basados en las habilidades presentes. Sin embargo, dice Drexler, ¿qué hay de los desarrollos basados en la ciencia actual pero que requieren de habilidades todavía no desarrolladas para implementarse?

La nanotecnología es uno de varios casos en que sería prudente preparar los diseños antes de que aparezcan las máquinas cuyas industria los harán posibles. Con frecuencia es saludable, desobedecer el undécimo mandamiento. Ese que dice: “Cree en lo viejo y rechaza lo nuevo”.

¿Dentro de cuánto tiempo sucederá eso? No será tan pronto como algunos años, ni tan lejos como algunos siglos, puede calcularse en décadas. Y no muchas.

A todos aquellos a quienes la idea de la nanotecnología les genere sonrisas escépticas (o cualquier otro tipo de muecas) les cuento que acabo de leer una novela, escrita por John Brunner, y titulada “El jinete en la onda del shock”; la acción sucede en los Estados Unidos del año 2010, y es asombrosa: el país está cubierto por una red informática a la que millones de usuarios pueden conectar sus computadores mediante un código, desde cualquier aparato telefónico. Se publicó en 1975. Y también produjo sonrisas incrédulas.

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