Cuando el río Salado ahogó la historia de miles de santafesinos
Fuente: Gentileza N. Gallegos

Cuando el río Salado ahogó la historia de miles de santafesinos

El río se convirtió entonces en una avasallante e indomable masa que ingresó por la puerta que el mismo hombre le dejó abierta: una defensa inconclusa, que se convirtió en trampa para toda la ciudad. En pocas horas, los barrios del noroeste quedaron absolutamente anegados. El nivel del agua superó en algunos casos los tres metros. El río siguió avanzando hacia el centro de la ciudad, y sólo se detuvo a escasos metros de la Casa de Gobierno, cuando justamente “sus ocupantes” resolvieron volar uno de los brazos de la Autopista Santa Fe-Rosario para desviar el cauce y agilizar el desagote.

La capital de la provincia se convirtió entonces en una ciudad que parecía de posguerra. Éxodo de vecinos errantes, corridas y gritos desesperados, iglesias y escuelas transformadas en albergues, una ciudad inmersa en el agua y en la oscuridad, con más de cien mil personas afectadas directamente por el fenómeno.

El repliegue de las aguas -sólo posible a partir del trabajo de bombas extractoras durante varios días- dejó al descubierto otra imagen de la catástrofe: lo que el río destruyó, lo que dejó y lo que trajo. Salvable, poco y nada. Barrios completos, ahora como basurales. Calles y avenidas transformadas en cementerios de recuerdos. Familias conmocionadas por la pérdida de sus historias, de su pasado… y de sus seres queridos.

El agua dejó inhabitables cerca de cinco mil viviendas. Sacó de funciones a un Hospital de Niños de alta complejidad y “borró” a cientos de talleres, mercados, pymes y comercios. Afectó a 28 escuelas, de las cuales, doce son irrecuperables. La evaluación económica de las pérdidas roza los mil millones de pesos.

El agua se llevó y destruyó prácticamente todo. Pero dejó su legado, el peor. Su avance implacable, más la indefensión de los vecinos y la negligencia del Estado dejó el irreparable saldo de 23 víctimas fatales. Y aún permanecen en una lista de desaparecidos otras 31 personas, muchos de ellos ancianos y niños.

A un mes de la tragedia, ya son más de un centenar los enfermos de hepatitis, más de 70 los casos confirmados de leptospirosis, y todavía permanecen en 118 centros de evacuados más de 16 mil damnificados.

A un mes de la tragedia, cuando las respuestas aún son tardías, retumban en los oídos de quienes quisieron escuchar los relatos de los padres de Priscila, la beba de un año y medio de Barrio Santa Rosa de Lima que se murió de frío. O de quienes pudieron cuidar por unos días a Jairo, el niño de nueve años enfermo de leucemia, pero que murió de neumonía porque nadie brindó los medios para que fuera aislado y protegido de otras bacterias. El río borró la historia de miles de santafesinos, pero le exigió a los responsables de la ciudad y la provincia que comiencen a escribir una nueva, una historia que incluya en sus párrafos términos como prevención, contingencia, riesgo, emergencia y responsabilidad.

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