¿Sumergidas en el recuerdo?: Un diálogo y dos abuelas
¿Sumergidas en el recuerdo?: Un diálogo y dos abuelas
Historias
21/01/2004

¿Sumergidas en el recuerdo?: Un diálogo y dos abuelas

María y Rosa son hermanas políticas, cuñadas. Las separan dos años de edad y las une una familia, los recuerdos, imágenes que nunca se borran dentro de sus mentes, y el asombro que aún asoma a sus ojos ante cada giro de la vida. Sus siluetas son frágiles, necesitan protección, tienen los rostros marcados por los soles de la vida.

Marcelina Rosa Ford nació el 14 de agosto de 1915 en Colonia California de San Javier. Su padre era francés y su madre criolla. Tenía 14 años cuando se fueron a vivir a Cacique Aracaiquín, donde conoció a “Pancho”, hermano mayor de María. Se casaron en 1936, vivieron mucho tiempo en los montes trabajando duro, mientras la familia crecía, tuvieron once hijos. Sembraban la tierra, vendían leña para lo que le pagaban a los hacheros que destroncaban el monte. Además hacían carbón, colocando los palos gruesos y finos tapando con paja de lino y yuyos y sobre ello tierra. Dejaban un hueco en el centro, como chimenea por donde encendían fuego, empujaban con una larga estaca hacia abajo. Ardía siete días hasta que se quemaba toda la leña. El tamaño era importante, se quitaba la tierra, se desparramaba el carbón para que se enfríe con el propósito de embolsar para la venta.

Vendían para Laguna Paiva. Decidieron dejar el monte para irse al barrio Los Hornos, donde siguieron con la labranza de la tierra, se dedicaron a árboles frutales y verdulería. Pero la lucha no cesaba, las mangas de langostas destruían todo. “La última fue un domingo -cuenta doña Rosa- se veía colorado del sur, arrasó con todo, se quebraban los gajos de los árboles al pasar. Era el mes de octubre, el gobierno proveía de chapas y clavos, se hacían pozos y se formaban barreras para luchar contra la langosta. ¡Qué cosa triste era eso!”. En 1961 falleció su esposo y su vida continuó junto a sus hijos, que nunca la abandonaron en su lucha de fe y esperanza.

María Catalina Della Vitta nació el 15 de agosto de 1913 en Llambi Campbell. Descendiente de inmigrantes italianos, su vida transcurrió en los montes “boyereando las vacas” dice ella, siempre junto a su hermano “Pancho”. Su juego era ordeñar las ovejas y en latitas de conservas de tomate hacían quesos con cuajadas que les robaban a sus padres mientras dormían la siesta. Había que sacar agua del pozo con cadena y balde, juntar leña para el fuego. Las noches eran negras, sin luces. Crecieron todos en ese campo hasta que las cosechas se fueron perdiendo por tormentas y pedradas. Luego fue la langosta. Su padre estaba muy endeudado con el almacenero de Esperanza y perdió todo.

Luego del remate, sus hermanos salieron a trabajar y su padre fue a trabajar al campo de Luciano Molina, por entonces gobernador de Santa Fe. María recuerda que bajo una enramada tomaban mate con su hermano Nicanor. A través de los años, María tuvo 14 hijos, viviendo en distintas localidades, hasta que su esposo se jubiló en Naré como empleado ferroviario. Era 1962 cuando se establecieron en el barrio Los Hornos, pero a los 57 años quedó viuda.

Los hijos crecieron y las familias se abrieron como un abanico. María y Rosa viajaron visitando nietos, bisnietos y tataranietos. Conocieron regiones jamás imaginadas por ellas, disfrutando de la tecnología moderna: “lo único que me falta es viajar en avión -dice María- pero no me animo”.

Hablan de sus cosas, una escucha poco, la otra ve menos. Comparten la frescura de un recuerdo y el dolor desgarrante de haber perdido hijos. El tiempo va cambiando las cosas y hoy sus historias parecen cuentos, leyendas, en un largo camino recorrido en el tiempo.

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