Verano 2003
Luego de un viaje agotador y sofocante calor, Mar del Plata nos recibió con tormenta, lluvia torrencial y viento frío. Mi hijo César Gabriel hace tiempo deseaba que conociera su lugar de residencia actual.
Hace un año se casó con Débora, docente y paivense. Me pareció justo estar con ellos un tiempo, compartiendo sus vidas. La alegría de ellos por estar conmigo me hizo sentir emocionada y, a la vez, comprendí muchas cosas, entre ellas la nostalgia y el desarraigo de estar lejos de los suyos.
Desempolvando mi alma, lo recordé con su flamante título bajo el brazo, deambulando por calles y lugares en busca de trabajo, y a la vez intentaba una y otra cosa. Al fin decidió salir a cachetear la vida, antes que la vida abofetee a el. Fue uno más que se alejó de Laguna Paiva en pos de sus anhelos y un futuro mejor. Lo logró. No fue fácil. Descubrió costumbres, peligros, olas azotando navíos en mares congelados, el dolor que produce el frío, manos lastimadas de agua y sal, el viento, cuerpos entumecidos cosechando en el mar, un universo hermoso, extraño y dolorido, formas y colores de otro mundo.
Yo me quedé en silencio en estas calles tranquilas donde nada sabemos de mares y tempestades, buscando siempre noticias en los medios de comunicación sobre esos puertos lejanos, elevando energías, pidiendo a Poseidón que en las profundidades oscuras del mar calme las aguas, que el mar esté tranquilo. En medio de tanta angustia, viendo decaer mi ciudad, aprendí a agradecer al trabajo de mi hijo.
Este verano conocí Mar del Plata, sus calles, sus playas, su mar al que tanto temo. Descubrí lugares insólitos, recorrí sus atractivos junto a un aluvión de turistas, otra cara de la crisis argentina.
César y Débora viven en barrio Puerto, con su característico aroma, no muy agradable para el que no está acostumbrado, con sus fileteros que van y vienen con sus ropas blancas y cuchillos dentro de sus botas. “Barrio de laburantes” dice Demetrio, viejo pescador jubilado que hace 56 años llegó de Italia a donde todo era campo y casillas de madera. El barrio se transformó hoy en una verdadera ciudad industrial y comercial, con desarrollo turístico y pesquero.
Interesada en la actividad de los pescadores, asiduamente visité el puerto. Pasaba horas en su área, llenando mis ojos de todo, observando los lobos marinos, escuchando el chillido de las gaviotas rozando el agua, picoteando espuma y la mugre, verdaderos camalotes de botellas plásticas y desperdicios conocí alguno de los barcos en los que navegó César, gritos y voces de los marineros remendando redes brillantes de escamas, pulpas y vísceras arrancadas del mar, peces multicolores, aquel paisaje del que había escuchado a César tantas veces contar lo tuve frente a mi, lo viví de alguna manera y conocí sus compañeros de trabajo, marinos pescadores de fuertes brazos y sonrisas francas.
Visité el cementerio de barcos y caminé hasta San Salvador, patrono y protector de los pescadores, comí calamares, rabas y otras delicias del mar. Me bañé en él y descubrí sonidos diferentes, suspiré profundo y me atreví a posar mi mirada sin miedo sobre el mar y agradecí con lágrimas en silencio el estar junto a mi hijo.
A menudo recibimos en El Cronista Regional mensajes de lectores paivenses que, por distintos motivos, se encuentran alejados, viviendo de otra manera, con costumbres diferentes en lejanas provincias y otros países. Todos ellos cuentan la emoción que sienten al tener noticias del lugar de su niñez y adolescencia, donde algunos aún tienen familiares y/o amigos. Los años de la inocencia son los más felices, los que nunca se olvidan y permanecen en el corazón. Agradezco a todos ellos sus palabras, aliento y fe. ¡Gracias!