El “Matrix” criollo
Se esperaba con animosa expectativa en Estados Unidos la inauguración de la segunda parte de la trilogía “The Matrix” (“reloaded”) que apareció en los cines el pasado 15 de mayo.
Prácticamente todas las revistas les dedicaron tapas, artículos extensos y hasta espacios en sus webistes. Algunos critican la nueva película duramente al considerar que pierde ese mensaje filosófico que tenía en su primera parte. El debate de la crisis individual frente un universo virtual creado por un enorme network pasa desapercibido en la segunda parte. La primera película fue un éxito absoluto y su furor se extendió a diferentes espacios que llegaron hasta influenciar a la academia, retomando el debate de “qué es realidad y que es ilusión”. Un extenso artículo titulado “Lo Irreal” apareció en la revista The New Yorker en el que su autor, Adam Gopnik, hace un sutil análisis del film y su relación con una problemática filosófica que va más allá de la película y que es el tema del individuo y su posibilidad de comunicarse en esta realidad posmoderna que lo rodea. Algo que también es significativo es que Gopnik hace referencia no solamente a libros y filósofos que están directa o indirectamente relacionados con esta problemática, sino que recuerda el tema de una secta herética medieval europea que por sus creencias pareciera haber influenciado directamente el prólogo de la película: la secta de los “Cathars” o “Albigensians”.
El Catharismo fue una secta gnóstica (y por consiguiente considerada herética) que se originó alrededor del siglo XII y que se ubicó geográficamente en el sur de Francia. La ideología que esta secta cristiana tenía estaba íntimamente influenciada por ideas del éste de Europa. Poco se sabe de su doctrina ya que se han perdido prácticamente todos los documentos que podrían explicarnos en detalle sus ideas. Lo que sí se tiene claro era que se oponían directamente a la jerarquía eclesiástica propuesta por Roma y denunciaban constantemente la corrupción presente en la Iglesia. Los Cathars en concordancia con el Gnosticismo y el Neoplatonismo creían que el mundo era una ilusión y que éste no fue creado por un Dios bueno, sino por el contrario por uno malo. Los Gnósticos llamaban a esta deidad mala “Demiurge”, los Cathars por su relación con el cristianismo lo llamaban “Satán”. La influencia de estas ideas continúa inclusive hoy en día. La palabra “Demiurge” está muy cerca de la palabra “Demiurgo” que es sinónimo de “Dios” y “Alma”. Otra distinción de los Cathars era que creían en la reencarnación, otro punto considerado herético por la Iglesia Católica. Para los Cathars, Cristo era el Mesías y gran salvador que había llegado a este mundo a dar un mensaje de esperanza y mostrar el camino que trascendía esta ilusión que se presenta frente a nuestros ojos (1). Para Gopnik y para otros analistas, Neo, el personaje central y héroe de la película “The Matrix”, se asemeja mucho a esta idea del Cristo de los Cathars que baja a la tierra a correr el velo de la ilusión y mostrarnos el camino de la libertad.
Indudablemente que un universo entendido desde la filosofía cathártica, no es muy cercano a un paraíso que digamos. Esta filosofía nos presenta una realidad adversa y desoladora que va en contra de lo que nuestros ojos nos muestran como objetivamente real. Seguramente para la filosofía cathártica era difícil competir con una propuesta realista que acentúe la “objetivad” en la percepción. “Todo lo que tienes frente a tus narices es falso”, premisa que indudablemente produce cierto dolor al narcisismo realista que fuimos construyendo con años de percepción. Sería válido también pensar que este dolor que atenta contra el “narcisismo perceptivo” se lo trata de evitar no sólo en el plano de los individuos, sino también en el plano de las sociedades y países. Por ejemplo, toda la década de los noventas tuvo a la Argentina inmersa en una ilusión de primer mundo que era inexistente. Porque el primer mundo no existe. Hoy en día tenemos fugaces focos de prosperidad, pero no primer mundo. ¿Podríamos llamar primer mundo a una sociedad como la norteamericana que se ve obligada hacer recortes en los campos de la educación y la salud, con una magnitud que sería impensable en países como la Argentina? ¿Una sociedad con gente viviendo en la calle y/o que tiene como ideal comprar una camioneta 4×4 que no sólo perjudica la naturaleza sino que consume como lima nueva enormes cantidades de gasolina? ¿Podríamos llamar primer mundo a una sociedad como la europea, que con algunas diferencias comparte la realidad de un mercado que a manotazos intenta debatirse entre los campos del rédito y de un resultado sustentable? ¿Qué entendemos por primer mundo? ¿Puede el FMI mostrarnos el camino al primer mundo, concibiendo que todas sus predicciones sobre el futuro argentino fracasaron?
Permítaseme proponer una simple idea: el primer mundo es un espacio ideal que está regido por una regla primordial: el progreso de todos los individuos de una sociedad. De lo contrario la inestabilidad presente en el progreso de unos pocos y el sufrir de unos muchos otros, produce una inestabilidad inevitable. El primer mundo es un espacio concreto, no una ilusión generada en los medios de comunicación; es un espacio con consenso y sustentabilidad. Las políticas neoliberales tan en boga en los 90, plantearon esta idea primer mundista desde el espacio de la ilusión, desde una idea que se proyectaba desde la objetividad no concreta sino teórica; es decir, lo que se propone como real y no lo que es palpable. De ahí que resultara ridículo ver la euforia de los mercados en conjunción con el gran grado de desempleo y pobreza que reinaba en aquellos tiempos. Pero el velo ilusivo terminó por caerse y el desastre inauguró el nuevo milenio. Por esta realidad implícita, lo se debatió la última semana en la Argentina no fue si un candidato dantesco enmarañado en técnicas apócrifas se bajaba o no se bajaba; lo que se debatió fue si nosotros estamos dispuestos a torcer la proyección histórica generada en los noventas, y producir nuevos lideres que están al servicio de los individuos y se justifican en esta relación, y no en su propia identidad acaparadora y centro del poder mediático.
Por Fabián Banga, desde Berkeley, California.