¡A demoler los ranchos!
Vinchuca, insecto trasmisor del chagas Crédito: WHO/TDR/Stammers

¡A demoler los ranchos!

Hace algunos días la cadena televisiva Señal Colombia transmitió una dramática película -“Casas de Fuego”, del director argentino Juan Batista Stagnaro- que recapitula la lucha de Salvador Mazza, médico bonaerense (nacido en la ciudad de Rauch), contra el Mal de Chagas.

Estrenada en 1995, la cinta suministra un escalofriante dato final que me resultó difícil aceptar. Una enfermedad que sólo traté por textos de biología en mi enseñanza primaria (y de la cual, salvo la mamá de una querida amiga, jamás conocí víctimas) infecta -¡hoy!- a tres millones de argentinos.

Incrédulo verifiqué la información y recibí una sorpresa aterradora. En efecto, el Mal de Chagas es el problema sanitario más extendido en la República Argentina. Y no sólo allí. La Organización Mundial de la Salud estima, para este año 2003, en 18 millones las personas contagiadas desde la Patagonia hasta Texas y California. 100 millones están expuestas. Toda una pandemia (del griego pan: todo y demos: pueblo) ligada al subdesarrollo, el Mal de Chagas que azota 21 naciones americanas, es, regionalmente, la primera enfermedad tropical y la cuarta transmisible tras las infecciones respiratorias agudas, las molestias diarreicas y el SIDA. Y los profesionales de la construcción pueden contribuir a derrotarlo.

Semblanzas de ranchería

Desde antes de la Conquista, innumerables latinoamericanos han residido en viviendas elaboradas con elementos vernáculos entre los cuales prevalecen amalgamas de barro y caña identificadas con el nombre genérico de bahareque. Todos en la región conocemos esos ranchos, bohíos y chozas que tienen tantos apelativos como formas. A su mención evocamos cuadros costumbristas y escenas infantiles. Sin ellos son inconcebibles nuestros biodiversos paisajes. Cada comunidad lugareña, pura o mezclada, de ancestro indígena, negro africano o criollo europeo, posee versiones propias, adaptadas a climas y topografías particulares, y fabricadas con la pintoresca multiplicidad ornamental de incontables métodos artesanales.

El rancho -denominación colectiva de tales alojamientos- nace en América como respuesta hechiza a la necesidad de cobijo que impone al clan humano primitivo el erial salvaje; apenas como trasunto mejorado del refugio que el troglodita errante construía con hojarasca cuando la selva o la pampa no brindaban una segura cueva.

Al crecer los poblados, los ranchos evolucionan y se aglomeran hasta albergar tribus enteras en el centro de un universo agreste. Después, en lo que hoy llamamos México, Guatemala y Región Andina, desde el sur de Colombia hasta el norte de Argentina, surgen civilizaciones precolombinas que utilizan la piedra con maestría para erigir ciudades minerales y retornar simbólicamente a la caverna. Entretanto otros pueblos, más silvestres, continúan retando la intemperie con estructuras ligeras, incluso cueros de bisonte entre los pieles rojas de la llanura norteña.

Luego, la recién llegada raza blanca establece urbes de tipo europeo y los caminos habitacionales se bifurcan. Los amos vencedores, hacendados o citadinos, recorren un sendero arquitectónico sofisticado hasta el apartamento moderno, rodeado de jardines, aséptico y cómodo. A su turno los siervos derrotados, esclavos, sirvientes y campesinos, tantean el porvenir dentro del modesto rancho que en los campos preserva con dignidad montaraz sus techumbres vegetales, mientras alrededor de las metrópolis, donde se hacinan multitudes desfavorecidas, degenera hasta convertirse en covacha arrabalera, sin servicios sanitarios; mixtura de lona, lata, cartón y otros materiales rescatados, con la tecnología del desespero, de entre el desecho industrial y las basuras.

En ambos, el rancho pastoril o la casucha del tugurio y la favela actuales, la infección chagásica asecha muchedumbres menesterosas, incultas con frecuencia y en nociva convivencia con animales domésticos. Peligrosos bichos medran en sus sombras.

Diminutos demonios

A más mísero el rancho mayor posibilidad de encontrar sus paredes rugosas y techos agrietados atestados de triatominos, insectos hematófagos que inoculan al ser humano un protozoo microscópico, el ‘Tripanosoma cruzi’ causante del Mal de Chagas que circula por las venas y se multiplica en los tejidos.

Entre cien especies de triatominos, americanas hay dos, muy similares, que difunden la infección. Al sur, la “Triatoma infestans” llamada ‘vinchuca’ en Argentina, Uruguay, Chile y Paraguay, ‘chirimacha’ en Perú y Bolivia y ‘barbeiro’ en Brasil; y desde el norte del Ecuador el “Rhodnius Prolixus”, apodado ‘pito’ o ‘chipo’, en Colombia y Venezuela, y ‘chinche hocicona’ en México y Centroamérica.

Las hembras ponen unos 200 huevos anuales. De ellos nacen crías sanas de tres milímetros que se infectan al picar personas o animales contaminados y comienzan a extender el contagio. Mutan durante cuatro fases hasta su adultez, al séptimo mes. Entonces miden dos centímetros y les brotan alas. Viven unos 15 meses.

De día se camuflan en sus escondrijos domésticos. Pican en la oscuridad, sin causar dolor. Pero cuando succionan sangre de su víctima hinchan el intestino y defecan sobre la piel de ésta. Su irritante estiércol lleva el parásito que, al rascarse, las propias personas introducen a sus cuerpos. Tal vía de contagio, la principal, ha cedido frente a la higiene moderna. Otras empero, como transfusiones de sangre plagada de madre a hijo o por jeringas compartidas entre drogadictos, persisten aún.

Un trastorno engañoso

El brasileño Carlos Justiniano Riveiro Chagas descubrió, en 1909, la enfermedad de su nombre. Propia de los desamparados, muchos médicos la ignoraban o negaban como patología hasta que los esfuerzos del argentino Salvador Mazza (quien la estudió desde 1926) la confirmaron como hecho científico.

Una vez el insecto pica a la persona, la mitad de las veces en la zona ocular, transcurren 5 a 7 días y aparece la primera fase, o aguda. En numerosos casos, el contagio pasa inadvertido y los portadores no sufren dolencia alguna. Otros presentan fiebre, malestar general, cefalea y algunos una oftalmia denominada Signo de Romaña (u ‘ojo en compota’). Luego, en una segunda fase o latente, pasan hasta 30 años sin que aparezcan síntomas y sólo el análisis sanguíneo del afectado revela la anomalía. Los pacientes parecen sanos y muchos acaban tranquilamente su vida; pero un 30% de ellos entra, usualmente pasados los 40 años, en una tercera y última fase, la crónica que compromete el aparato digestivo (hígado, esófago, colón, bazo) y el sistema nervioso, central y periférico, ocasionando parálisis permanente. Su consecuencia más temida es la miocardiopatía chagásica, un acrecentamiento del corazón que arruina su funcionamiento y provoca la muerte.

Al menos un 5% de los infectados se convierte en pacientes terminales y perecen. La mitad por infarto fulminante. Esa cifra, corta en lo porcentual, implica en lo absoluto el fallecimiento de un latinoamericano cada 12 minutos. 45.000 defunciones anuales.

Tratamiento

La ignorancia favorece esta enfermedad apodada ‘el SIDA de la pobreza’ aunque no se propague por transmisión sexual. Los insecticidas que matan los triatominos, también afectan a largo plazo a los humanos. Además no destruyen los huevos lo cual deja intacto el ciclo reproductivo. Por ello en varias naciones se trabaja en desarrollar compuestos químicos que logren hacerlo.

Los desplazamientos campesinos, avivados por violencia, hambruna y baja oferta laboral agraria, trajeron el Mal de Chagas a las metrópolis latinoamericanas. No obstante, allí es más sencillo manejarlo que en las áreas rurales. Agua potable, disponibilidad hospitalaria y campañas profilácticas para la desinsectación de las viviendas, son útiles en especial cuando la inseguridad o el desempleo se corrigen de antemano.

Aún no hay vacuna y los medicamentos para la infección crónica no aseguran mejoría, pero en la fase aguda ésta es viable incluso dos años después del contagio. El seropositivo está infectado, no enfermo, y hay drogas antiparasitarias como el Beznidazol (Radanil) que combinado con un protector hepático (para impedir efectos secundarios) pueden frenar la evolución del mal. Tristemente, en numerosos casos un resultado seropositivo en exámenes pre-laborales condena al afectado al desempleo.

Ahora bien, el Mal de Chagas está en retroceso en todo el continente gracias al trabajo emprendido por comisiones intergubernamentales de salud, conformadas primero en el Cono Sur (Brasilia, junio de 1991), luego en el Grupo Andino (Bogotá, febrero de 1997) y finalmente en América Central (Tegucigalpa, octubre de 1997). Uruguay, Chile y diez estados brasileños, aunque continuarán teniendo antiguos enfermos, han sido declarados libres de contagio por insectos o transfusiones. La OMS calcula que para el año 2010 la plaga será eliminada. Numerosas poblaciones expuestas han sido capacitadas para esterilizar sus hogares, y la tecnología médica permite detectar muestras contaminadas en los bancos de sangre. Incluso restablecer a hijos portadores de embarazadas seropositivas en el 90% de los casos.

Sin embargo, el censo de infectados aún asusta. Según fuentes diversas Brasil tiene 7 millones y Argentina 3 millones (algunas instituciones calculan 5) siguen países intermedios como Colombia con 900 mil y Guatemala con 730 mil casos. Uruguay, que pronto estará libre del todo, muestra la menor incidencia con 37 mil seropositivos. En Estados Unidos, donde los inmigrantes introdujeron el flagelo, los infectados superan los 100 mil. En proporción, y de mayor a menor, hay 1 contaminado por cada 5 bolivianos, 10 paraguayos, 14 argentinos, 33 brasileños, 44 colombianos o 192 mexicanos sanos. Aún en el año 2000, en la localidad de Añatuya en la provincia argentina de Santiago del Estero las autoridades sanitarias estimaban que un 75% de los pobladores eran portadores; entretanto hacia 1990, en Santa Cruz de la Sierra, segunda ciudad de Bolivia, esta cifra era del 53%. Parece que fue ayer ¿verdad?

América en tiempos de chagas

En el siglo XXI nuestra región será menos típica que antaño. Sus pueblos, como en todo el planeta, modernizarán sus costumbres, ceremonias, festejos, trajes y creencias. Desaparecerán algunas manifestaciones culturales, otras sólo subsistirán como atracciones turísticas o en sectores marginales. Es triste que sucumban elementos folclóricos como el rancho. Pero inevitable y preciso para liquidar algunos trastornos.

Mario Vargas Llosa describe la noción de “identidad cultural” como peligrosa. Dudosa y artificial en lo social. Estorbosa para la libertad en lo político. Incluso entre quienes cantamos el mismo himno nacional, enfrentamos dificultades parecidas o profesamos religión y valores similares, el rasgo compartido no debe restringir ni disolver la intimidad. Permitirlo nos aleja de una cosmovisión universal confinándonos al cautiverio de la proximidad jurisdiccional o genética y la coacción social. Podemos superar dichas constricciones. Viajar sobre ellas con el cuerpo. O con la mente.

Ochenta años atrás, Salvador Mazza enfrentó unas autoridades sanitarias testarudas y conservadoras, una clase pudiente indiferente y egoísta (e inclusive algunos sacerdotes ignorantes) para persuadirlos de la necesidad de quemar los ranchos para aniquilar las vinchucas y vencer la enfermedad. En su empeño soportó críticas de toda índole. Pero al final demostró que tenía razón. Ahora, décadas e investigaciones después, cuando se vislumbra el fin de un flagelo del que muchos de nosotros, cómoda élite universitaria e internauta, ni siquiera llegamos a escuchar, esta historia deja una moraleja… También había aspectos indeseables en nuestro patrimonio cultural. Los microbios e insectos, causantes y difusores del Mal de Chagas, vivían con los indígenas, en los bohíos y tolderías, mucho antes del Descubrimiento. No los trajo ni el comerciante europeo, ni el industrial yanqui. Sin embargo -¡qué ironía!- necesitamos apropiar su ciencia moderna para transferir tecnología y exterminarlos. Hay que apresurarse. El retraso cuesta cincuenta mil vidas al año.

Nuestra esperanza radica en que algunos humanitarios ingenieros, arquitectos y diseñadores asuman el reto social; y trabajen con los gobiernos y los médicos en reemplazar los ranchos y preservar su esencia dentro de nuevas estructuras habitacionales para los humildes donde no quepan la suciedad ni la infestación chagásica.

De lo contrario, la plaga volverá.

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