Crónica de una tragedia que nos marcará para siempre
El Hospital de Niños "Dr. Orlando Alassia", durante la inundación de Santa Fe Crédito: El Cronista Regional

Crónica de una tragedia que nos marcará para siempre

Hoy la tristeza y la impotencia nos embargan. No hay ánimo y los acontecimientos me imponen escribirles en primera persona, desarrollando esta crónica como una postal, un corte en la realidad de esta tragedia que se extenderá en el tiempo, pero que aquí, expreso en un relato sobre los primetos seis días de la página más negra de la historia de la ciudad de Santa Fe y su región.

Mi experiencia comenzó muy temprano el martes 29 de abril por la mañana, después de dos días de trabajo intenso sobre las elecciones presidenciales en nuestro país, y particularmente en la provincia de Santa Fe. Ese día una masa de agua incontenible ingresaba vertiginosamente por una becha abierta en los terraplenes de defensa a la altura del barrio Villa Hipódromo, en el norte de la ciudad.

Un anticipo de alarma en el vecindario, bolsas de arena, agua que comenzaba a ingresar a los hogares, evacuados y desesperados, ya estaban en las páginas de El Litoral el lunes 28 (“El Salado invade todo lo que encuentra a su paso”) y en los canales de televisión al menos desde el viernes 25 de abril. Ahora reinaba un clima de tensión y nerviosismo, además de la lluvia. Algo terrible estaba por suceder.

Desde temprano, el intendente Marcelo Alvarez, utilizaba (insólitamente) el estudio de la emisora de radio LT 10 para “comandar” las acciones de sus funcionarios y personal municipal. Los reclamos que desde allí se difundían (demanda de voluntarios, vehículos, etc.) ya evidenciaban la ausencia total del estado municipal y provincial para atender una contingencia como esta. Esto es, la falta de un plan de emergencia para atender a la población frente a eventos extraordinarios.

A las 11.30 de ese día, el gobierno de la provincia de Santa Fe constituía un Comité de Emergencia Hídrica para hacer frente a las inundaciones. En la primera reunión, se solicitaba a las autoridades del Ejército Argentino que dispusieran a sus hombres y equipos para el rescate de las víctimas. Sin embargo, pasarían días hasta que esas fuerzas sacaran a la calle sus recursos. El aviso, había llegado tarde.

Luego, viajé a Recreo donde todo era desolación y pasado el mediodía, estuve en el hospital de Niños “Orlando Alassia”, cuando la masa de agua ya venía invadiendo, como un aluvión, los barrios del oeste de la ciudad. Quedaban horas para “salvar” ese moderno centro de salud con sus internados y equipos de alta tecnología.

Cientos de voluntarios se agolpaban en sus puertas a medida que las aguas llegaban. Comenzó la evacuación de niños internados y la construcción de una precaria defensa con bolsas de arena. Estuve desde que el agua me llegaba a los tobillos hasta el momento en que me llegó a la cintura, con un telón de fondo gris, gritos desesperados, llantos y angustia. Observé cómo Reutemann salió junto a su adalid y candidato a gobernador, Alberto Hammerly, insultado por los voluntarios que no dejaron que se sume a la tarea y le reprocharon, entre otras cosas, la “inversión” en el Puente Colgante.

A las 18, ya había más de un metro de agua y, como en los otros barrios, los vecinos se autoevacuaban de a pie o con embarcaciones prestadas por particulares. Miles de personas caminaban hacia el centro de la ciudad, con sus pertenencias, con sus lágrimas, con sus búsquedas de familiares. Un éxodo hacia la oscuridad.

La burbuja del Magic

Ese martes por la noche, como hormigas a las que le patearon el hormiguero, los funcionarios del gobierno de Reutemann iban de un lado a otro sin saber qué hacer en las instalaciones del Ministerio de Agricultura, Ganadería, Industria y Comercio (MAGIC), actitud que se repetiría de ahí en adelante. Más temprano, el secretario general de la gobernación, Ricardo Spinozzi, se animaba a decir que “todo estaba controlado”, cuando afuera miles de personas “habitaban” en los techos de sus casas inundadas, deambulaban por la ciudad con hambre y frío, y empezaba a tomar forma la lista de muertos por las inundaciones.

El Comité de Emergencia, conducido por el ministro de Gobierno, Carlos Carranza, daba desde el MAGIC sus primeras declaraciones respecto del desastre, mientras sus integrantes (en su mayoría, funcionarios del gabinete de Reutemann), además del intendente de la ciudad, eran dominados por el desconcierto que significa no saber qué hacer ante una emergencia.

Esa noche, como las posteriores, la delincuencia no se solidarizó con la catástrofe: los disparos irrumpieron en los barrios inundados para dar paso a los saqueos. En tanto, miles de voluntarios, en su mayoría jóvenes, ya se organizaban entorno de escuelas e instituciones para dar calor y alimento a los evacuados. El Comité de Emergencia al mismo tiempo calificaba al evento como “imprevisto” y trataba de convencer al periodismo con explicaciones técnicas que justifiquen el ingreso de las aguas a la ciudad, con frases como “el Salado no avisa” y especificaciones acerca de las pendientes y contrapendientes, bla, bla, bla.

Se hacía palpable la desconexión de los funcionarios -internados en el MAGIC- con la realidad, que los periodistas conocíamos y nos obligó más de una vez a llamarlos telefónicamente para advertirles falencias en la atención de la población.

Ciudad de posguerra

El miércoles 30 por la mañana, se observaba a hombres y mujeres con frazadas sobre sus espaldas, caminando por las calles, como muertos en vida, como fantasmas de una tragedia, espectros gimientes de hambre y sed.

Los centros de autoevacuados estaban atestados de gente. El arzobispo de Santa Fe, monseñor José María Arancedo, pedía “serenidad y solidaridad”, mientras los santafesinos pedían a gritos que se abran las puertas de las parroquias para recibir evacuados.

El jueves 1º de mayo presenciamos la voladura de la Avenida Mar Argentino, que evitaría que las aguas avancen más hacia el centro de la ciudad, para luego escuchar el espontáneo discurso de Reutemann en la apertura del período ordinario de sesiones en la Legislatura Provincial.

Después de la extraña comparación de la tragedia con el atentado a las Torres Gemelas en Nueva York en septiembre de 2001, cuando murieron 3000 personas, instó a los diputados y senadores presentes (y ausentes) a sumarse a la tarea. Por la tarde, muchos legisladores aparecieron después del reto oficial y se enteraron de la catástrofe… en el hall del MAGIC.

Mas tarde viajé a Monte Vera, donde el agua ya había ganado las calles del pueblo, para después volver a la ciudad y esperar la llegada del ministro de Seguridad de la Nación, Juan José Alvarez. Su presencia tenía como motivo la firma de un acta por la cual la provincia adhería a la Ley de Seguridad Interior, que habilitaba a las fuerzas de seguridad nacionales a intervenir en la ciudad bajo las directivas del gobernador. Esa tarde, en barrio Chalet, vecinos autoconvocados realizaron una asamblea para denunciar la inseguridad que había en las zonas anegadas y advertir que se armarían para defenderse. Recién a las 21, y con ese panorama, el ministro Carranza anunciaba la firma del acta citada y aseguraba que la situación “era normal”, más allá de algunos “hechos aislados”. “¿Porqué si la situación es normal, se recurre a las fuerzas nacionales?”, preguntó con sentido común un colega. Carranza tragó saliva y volvió a insistir con su diagnóstico, aunque pareció perder la calma cuando por medio de un acto fallido se refirió a “los centros de votaci… perdón, de evacuación”.

Su conocimiento de la realidad era notable. “Ministro, hay quejas en algunos centros de evacuados por la falta de luz” inquirió otra colega. “La luz está garantizada” respondió. Cuando (por fin) llegué a casa, observé por Canal 13 en directo, cómo a las 23.10 unos 1.000 evacuados permanecían a oscuras en el Predio Ferial detrás de la terminal de ómnibus…

Olor a muerte

Unas 300 personas autoevacuadas del barrio San Pantaleón convivían con los féretros en el crematorio del Cementerio Municipal. Los chicos jugaban delante de los nichos mientras los cortejos fúnebres ingresaban “normalmente” a la necrópolis local. Sentí que la muerte estaba cerca, mientras ese viernes por la mañana escuchaba por radio que familias enteras aún permanecían en los techos de sus casas desde el martes y punteros políticos se adueñaban de las donaciones. A mi lado, desde el auto, observé como un grupo de jóvenes voluntarios daba un desayuno caliente a los hambrientos del cementerio.

Más tarde “volamos” hacia Altos del Valle camino a Monte Vera, cuando escuchamos a los vecinos alarmados porque el agua podría ingresar por el norte de la ciudad. “¿Quién es el irresponsable que dio esa falsa alarma?”, se preguntaban, mientras el agua no aparecía delante de sus ojos. Minutos antes, el Ing. Edgardo Berli -ministro de Obras Públicas- le decía a un cronista de LT 9 a eso de las 10.45: “Nuestras previsiones no son confiables”, creando un manto de incertidumbre después de que el periodista preguntara qué recomendaciones daba a los vecinos de esa zona.

Por la tarde, observé cómo bomberos voluntarios retiraban el cuerpo de una mujer mayor, que habiendo sido sorprendida por las aguas, murió ahogada en su casa, de ahí en mas, su tumba. La imagen me impactó mientras alrededor se levantaban montañas de basura -muebles y otras pertenencias inservibles- que los vecinos amontonaban frente a sus hogares del barrio Centenario, donde las aguas habían descendido. Olores nauseabundos me retorcían el estómago mientras escuchaba algunos testimonios desgarradores. Eso me hizo pensar que la cantidad de muertos no sería escasa, menos después de escuchar versiones como “cuerpos atados a los árboles” o “la mujer que murió sentada en su silla de ruedas”.

Después de un sábado en que acompañamos a amigos de Canal 3 de Rosario en una cobertura especial sobre las inundaciones, llegó un domingo inusual. A la mañana, autoridades y expertos de la Universidad Nacional del Litoral ponían sobre la mesa los estudios y proyectos acerca de la cuenca del río Salado y su incidencia en Santa Fe. Era la respuesta al gobernador Reutemann, quien tras aclarar que no era ingeniero hídrico, había asegurado que nadie le había avisado por lo que podía suceder. “Nadie me había avisado nada (…) La cantidad de ingenieros hídricos que pudieron haber estado viendo esta situación y no lo alertaron” exclamó. Me pregunto: ¿nadie le avisó que en los cajones del Ministerio de Obras Públicas estaban los estudios que advertían un posible comportamiento extraordinario del río Salado?.

Para terminar de salir de la conmoción, el domingo por la noche escuché los chistes que como si nada el ministro de Salud de la provincia, Ing. Fernando Bondesío, hacía en la antesala de otra conferencia del Comité, mientras crecía el número de muertos en la peor tragedia de la historia santafesina.

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