El conocimiento como fundamento de la competitividad
Ciencia y tecnología, una apuesta a la competitividad Crédito: freefoto.com

El conocimiento como fundamento de la competitividad

La salida de la convertibilidad supuso un alivio para amplios sectores de la economía que se veían expuestos frente a la competencia de productos extranjeros en desigualdad de condiciones. A consecuencia de ello, es indudable la inyección anímica que han recibido numerosas economías regionales, particularmente en los sectores vinculados con la exportación.

Sin embargo, el tipo de cambio alto no es sinónimo de competitividad. Si bien es necesario privilegiar los intereses económicos nacionales, se debe considerar también que un exceso de proteccionismo promueve la ineficiencia.

La competitividad es un tema complejo que va más allá de la mera minimización de costos, sino que implica cambios en concepciones. La cuestión que surge inevitablemente es acerca de cuáles son los determinantes del desarrollo competitivo.

La respuesta a este interrogante es demasiado amplia. Hay diversos enfoques sobre el tema pero, de todos modos, es posible identificar coincidencias en ciertos aspectos que permiten un acercamiento a este concepto.

En primer lugar, es necesario comprender que la competitividad de un país es el fruto de años de esfuerzo orientados hacia objetivos concretos. No se construye de la noche a la mañana por simples decisiones de política económica.

La competitividad depende de factores tales como el impulso dado a la investigación y al desarrollo científico. Depende de la innovación y del uso de tecnologías que lleven al constante incremento de la productividad y la eficiencia. Pero fundamentalmente, depende de la existencia de una base adecuada de capital humano, como factor impulsor del desarrollo del sistema económico.

Un reciente estudio realizado por la UNESCO conjuntamente con la Organización para la Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), en el que se analizan los casos de 16 países de economías emergentes entre los que se incluye a la Argentina, ha llegado a la conclusión que la inversión en educación tiene impacto positivo en el nivel de crecimiento económico a largo plazo alcanzado por tales países.

Lo que se desprende de esta investigación, denominada “Financiamiento de la Educación. Inversiones y Rendimientos”, es que la educación a largo plazo constituye un bien altamente rentable. La inversión en esta área no sólo incrementa la riqueza nacional, sino que también reporta ventajas a los individuos permitiéndoles acceder a niveles superiores de renta.

Lamentablemente, quienes tienen la responsabilidad de gobernar no perciben el importante rol que desempeña el cuidado del capital intelectual en el proceso de desarrollo económico. Si no, ¿cómo puede entenderse que se recorten 50 millones de pesos en el presupuesto de las Universidades públicas? ¿Cómo es posible que se sigan perdiendo días de clases en las escuelas de nuestro país por conflictos salariales?

Por otra parte, ¿puede afirmarse que la actividad científica constituye realmente una política prioritaria en la Argentina? Sin investigación no hay producción de conocimientos y, por ende, no es posible el avance tecnológico que permita el progreso del sector productivo.

Un documento elaborado por el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), señala que “nuestros científicos y tecnólogos necesitan contar con el apoyo estatal para realizar las investigaciones básicas y aplicadas que requieren las empresas nacionales que deben reindustrializar al país, conocimientos que hoy tenemos que pagar a altos precios cuando los compramos llave en mano o incorporados en productos importados”.

El éxodo de profesionales, científicos y técnicos calificados constituye otro problema de larga data que ha venido acentuándose en los últimos tiempos. El costo social de este fenómeno no puede estimarse de manera certera. No sólo se dilapida la inversión realizada en su formación sino que, además, se pierde la posibilidad de que estos recursos apliquen su creatividad, capacidades y conocimientos a la generación de riqueza en el país.

Evidentemente, estos hechos puntuales nos demuestran que estamos descuidando aspectos primordiales para nuestro desarrollo futuro. Es necesario tomar conciencia de que, en la actualidad, la fuente más importante de valor agregado se encuentra en el conocimiento. Ningún país que se desentienda de esta realidad puede considerarse verdaderamente competitivo.

Se deben establecer como prioridad el fortalecimiento de la capacidad técnica y científica local. El grueso de esa inversión debe ser realizada por el Estado, porque en general la investigación privada es inducida por las demandas de corto plazo antes que por el desarrollo estratégico del país.

Además, debe trabajarse en el mejoramiento del sistema educativo en general, ya que los recursos humanos bien formados son necesarios, entre otras cosas, para permitir que grupos nacionales participen en actividades de investigación y desarrollo de grupos extranjeros, para establecer centros de consultoría que produzcan servicios tecnológicos en países industrializados, y para promover la demanda de servicios tecnológicos dentro de la región.

En síntesis, sólo a través del desarrollo de las capacidades intelectuales y de la importancia dada a la generación, transmisión y aplicación del conocimiento a las actividades productivas, podrán sentarse las bases del progreso que tanto anhelamos.

Por Gabriel Binetti.

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