El niño y sus derechos
Cuando el 20 de noviembre de 1989, la Asamblea General de las Naciones Unidas llevó a cabo por resolución de la misma, La Convención Internacional sobre los derechos del niño, cuyo texto consta de 54 artículos, nuestro país, como no podía ser de otra manera, se adhirió a la misma, con el fin de hacer ver a nuestra comunidad cuáles son los derechos indiscutibles del niño.
En primer lugar, es un derecho indiscutible tener un nombre y una nacionalidad, a no ser separado de su madre, a ser protegido, a crecer y desarrollarse sobre todo en buena salud y educación, a no ser explotado y, sobre todas las cosas, poder disfrutar plenamente de juegos y recreaciones que fueron llevadas a cabo, solo para el esparcimiento y recreación de ellos.
Es claro, y así lo sabemos todos, que tales leyes están plasmadas en un papel, pero se sabe positivamente que en un gran porcentaje no se cumple y ni se quiere cumplir, no sólo en nuestro país, sino en el mundo entero, principalmente en países de baja intelectualidad y pobres economías, lugares éstos en donde quienes debieran velar por el bienestar y alimentación adecuadas para una niñez cada vez más desvalida y abandonada a su suerte, no ponen en práctica los planes existentes que puedan mínimamente paliar de alguna manera, una situación que cada vez más, nos llena de vergüenza.
Es indudable que la niñez, desde que el mundo es mundo, no ha sido respetada en la forma que toda la ciudadanía pregona. Prácticamente las políticas creadas con ese fin, nunca o casi nunca han sido puestas en ejecución, y si alguna vez se hizo, con el correr de los días se fue dejando de lado. Tan es así que permanentemente vemos, en diarios o revistas especializadas, cómo en muchas partes del mundo mueren chicos por desnutrición, por falta de atención médica y, por supuesto, por infinidad de dolencias o virus que en otras partes ya han sido erradicados, además de los que entran a delinquir.
Es cierto también que la preocupación de sectores no gubernamentales, que aún sin contar con los medios económicos necesarios, luchan a favor de un bienestar más acordes, lo hacen por el inmenso amor que siente por los niños, lo que los lleva, en muchos casos, a perder horas de su descanso, tratando de mejorar de alguna manera situaciones que muy pocos gobiernos tratan de solucionar. Pero ellos, dando todo su cariño, vocación de servicio y preocupación por la niñez, dejando de lado problemas personales que seguramente deben tener, hacen en algunos casos lo imposible para que los niños vivan con dignidad.
No desconozco que la Convención obliga al Estado, a las familias y la comunidad toda, a tener una buena relación con los niños, y respetar su calidad de vida como ser humano que es y, por consiguiente, exigir a quien corresponde que los derechos del niño, sin discriminación de ninguna índole, sean respetados, evitando con ello que puedan existir niños resentidos de la sociedad.
Todo gobierno tiene la definida responsabilidad de tomar las decisiones necesarias y, sobre todo, poner en práctica las mismas para que la niñez pueda gozar de una existencia normal y feliz, es decir, legislar, crear, ordenar o obligar a quienes les corresponde, que los niños vivan de una manera tal que en un futuro no muy lejano sean individuos aptos y realmente
democráticos como para poseer los conocimientos necesarios y poder así dirigir o gobernar cualquier comunidad.
Por todo lo expuesto, quisiera para cerrar, hacer conocer lo que expresa Alan Back en su extraordinaria reflexión de lo que es un niño, y que dice: “Los chicos vienen en tamaño, peso y colores surtidos; se los encuentra dondequiera, encima, debajo, dentro, trepando, colgando, corriendo, saltando. Las mamás los adoran, los hermanos mayores los toleran, los adultos los desconocen y el cielo los protege. Un niño es la verdad con la cara sucia, la sabiduría con el pelo desgreñado, la esperanza con una rama en el bolsillo”.
Un niño es una palabra mágica. Usted le puede cerrar la puerta del cuarto de herramientas, pero no puede cerrarle la puerta de su corazón; puede echarlo de su estudio, pero no puede cerrarle la puerta de su mente. Todo el poderío suyo se rinde ante él, es su carcelero, su jefe y su amo, un manojito de ruidos. Pero cuando usted llega a su casa por la noche, con sus ambiciones y esperanzas hechas pedazos, él puede remediarlo todo con dos palabras mágicas: “Hola papito”.
Aceptar lo que este escritor dice es acercarnos a creer que bregar por la felicidad del niño, es tener un crecimiento espiritual acorde a lo que nuestra vida necesita y recordar o tener muy en cuenta, lo que en algún lugar de La Biblia dice: “Dejad que los niños vengan a mí”.