En busca de El Sosneado
Dique Agua de Toro, Mendoza Crédito: El Cronista Regional
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Redacción
21 de enero de 2004
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En busca de El Sosneado

Habíamos salido desde Tupungato rumbo al sur. El primer tramo de la Ruta Nº 40 de paso por Tunuyán y San Carlos era asfaltado, para después pasar al ripio, esencia de esta arteria que une el cuerpo nacional de norte a sur. Personalmente sabía que nos encontraríamos ante un nuevo desafío, teniendo en cuenta otras experiencias vividas tanto en la Puna como en la Patagonia por esta mítica ruta. Sin embargo, confiaba, con esos antecedentes, que llegar a El Sosneado y luego a Malargüe, era un viaje más.

Después de unas horas, a la altura de la Laguna del Diamante, que no conocimos, y no pudiendo resistirnos a nuestro afán de descubrir, ingresamos a un camino que indicaba la presencia de un club de pesca, aunque el panorama era desolador. Derrepente, nos sorprendió un espejo de agua magnífico en medio del desierto: era la masa líquida del dique Agua de Toro, custodiado por el Cerro Diamante, y alimentado por el Río Diamante. El silencio dominaba los instantes vividos frente a ese embalse de 1.050 ha., contenido por el dique inaugurado en 1982 con la central hidroeléctrica.

Después de pasar sobre esa magnífica obra y atravesar la roca por un túnel, nos invadió la incertidumbre al observar que, a la derecha de la Ruta Nº 40 que transitábamos, un cartel indicaba la dirección hacia El Sosneado, además de otros tres pueblos. Guiados por esa indicación que nos marcaba esa población referencia para llegar luego a Malargüe, comenzamos a transitar una tarde de aventura. Pasaban los kilómetros y las horas, la ausencia de habitantes aumentaba nuestro desconcierto. Un puestero nos dio apenas un indicio: viajábamos por una ruta que ya no existía. “Ustedes vinieron por la 40 vieja” aseveró, sin que ello nos terminara de asegurar nada. Un cruce de caminos, siempre desolados, rumbos de solitarios habitantes de la cordillera, nos dio un respiro: “El Sosneado”, rezaba un nuevo cartel. Comenzamos a subir una cuesta mientras la tarde se moría después de un día con sol a pleno. Ante la presencia de un nuevo puesto quisimos obtener alguna certeza más, pero resultó peor: nadie salió a responder a nuestro llamado, mientras las dudas se sembraban en ese surco a modo de camino, que se cerraba con los pastos rústicos de una región netamente árida. Estábamos perdidos. Obstinados, seguimos esa huella, que entre mí ya marcaba los pasos de una hazaña: conocía las dificultades de la 40 en otros confines del país, pero nunca se me hubiera ocurrido estar transitando con un vehículo inapropiado, aunque fuerte, “la 40 vieja”. Las piedras condicionaban la conducción sobremanera y el agotamiento del grupo se hacía evidente.

Llegamos a un pueblo fantasma, sitio de abandono aunque con un poco de aire fresco para alentar nuestra esperanza. Cerca de unos pozos petroleros, un operario se convirtió en multitud para nuestra soledad con un silbido. “Por este lugar no andan ni las lagartijas”, dijo sonriendo. Estábamos en Los Buitres y habíamos encontrado la salida: “¿El Sosneado?, a 22 kilómetros, sigan el camino”, confirmó este buen hombre que nos hizo volver el alma al cuerpo. Un buen rato después habíamos llegado, por detrás, a ese ansiado pueblito, cómplices de un recorrido inesperado, con paisajes inhóspitos y multiplicación de soledades.

Estábamos felices y cansados, mientras esbozábamos diversas teorías sobre el recorrido realizado. La conclusión tardó en llegar (incluso hoy tenemos dudas), y seguramente puede ser motivo de enriquecedoras anécdotas de otros viajeros o lugareños que conozcan la zona. Se trata de la ruta provincial Nº 101, ex Ruta Nº 40, que en algún momento tomamos aun viajando por la Ruta Nº 40 que “oficialmente” figura en el mapa rutero. Seguir por ella, nos hubiera conducido a la ruta provincial Nº 144 que une El Sosneado con San Rafael. Fueron más de seis horas cuando debieron ser dos o tres menos. Sin embargo, significó cabalgar sobre el tiempo, arriando las incertidumbres humanas ante la inmensidad de la naturaleza.

El tercer desafío sería parte de una tercera etapa, en Malargüe, como para confirmar que nuestro país es ese paraíso que en la Tierra despierta a los dioses que llevamos dentro con interminables bellezas ocultas.

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