La captura de Saddam
Saddam Husein, ahora ex líder iraquí Crédito: Archivo
Opinión
Especial desde California para El Cronista Regional
21/01/2004
Bush Clinton Estados Unidos Hussein Irak Saddam

La captura de Saddam

El domingo por la mañana era prácticamente imposible encontrar alguna noticia relacionada con el triunfo de Boca en Japón en los canales californianos. Dos realidades generaban esta realidad: que a los americanos poco le interesa el deporte internacional (en espacial el fútbol), y que la noticia de la reciente captura de Saddam Hussein inundaba todos los canales de televisión. Las cadenas nacionales no paraban de mostrar las imágenes del patético Saddam desorientado, y una infinidad de políticos que desde sobrios trajes vitoreaban el logro como si la guerra misma hubiera terminado. Por otro lado, no faltaron los que desde una cautela más visionaria pregonaran moderación frente al logro. Argumentaban en general los demócratas que la buena noticia de la captura de Saddam no significaba paz inmediata en una región que le está costando magnos dividendos y vidas a un Estados Unidos con enormes dificultades domésticas y un cuestionamiento democrático aparente.

Si bien la captura ha sido vista desde afuera del país como un logro norteamericano, en lo local fue claramente visualizada como una victoria de la administración de Bush. En plena antesala de las elecciones nacionales, Bush hijo se encuentra con a una fuerte crítica a su “cruzada” liberadora en territorio árabe. Una economía que todavía no queda claro si se está recuperando o no, un rechazo a la invasión en alza y un cuestionamiento a los claros ideales patrióticos y unilaterales que la administración ha mostrado desde el 11 de septiembre, están poniendo al equipo de Bush en desesperada necesidad de resultados inmediatos. Por otro lado, la oposición demócrata está juntando fuerzas desde candidatos netamente opositores a la administración oficial. Un ejemplo de este intento demócrata de sacar a Bush del gobierno se puede ver muy claramente en las nominaciones de fuertes y populares candidatos como Howard Dean, ex-gobernador de Vermont y abierto opositor a la guerra. Dean, como así también John Edwards de North Carolina, Wesley Clark y la senadora por New York Hillary Clinton, esposa del anterior presidente, se presentan como posibles candidatos a fórmulas presidencialistas que logren derrocar a Bush el año próximo. Dean por ahora pareciera ser el que está generando más fuerza y popularidad para darle batalla al tejano. De ahí que durante el fin de semana todos los medios de comunicación enfocaran sus cámaras a Dean para ver cuál sería su reacción. Éste, preservando su línea de oposición, respondió que la captura de Saddam no hacía a los Estados Unidos un lugar más seguro; atacando el caballito de batalla de la administración de Bush que asocia constantemente a Saddam con al-Qaida y el terrorismo internacional. Los otros candidatos demócratas no se hicieron esperar y se encolumnaron detrás de Dean en la crítica. Hillary Clinton, según el New York Times, respondió que: “Este momento no puede ser solamente para felicitarnos”, agregando que la captura del dictador es una nueva oportunidad para reconstruir una nueva estructura de poder en Irak. Edwards por su lado atacó el intento de la administración de excluir a las naciones que no participaron de la invasión en la reconstrucción posguerra. Clark, que es un respetado y popular militar, por su lado argumentó que la captura de Saddam no cambia los desafíos que se están viviendo en Irak y que el enfrentamiento bélico no ha terminado.

Esta realidad pone de manifiesto una de las más claras dinámicas de las políticas norteamericanas, su habitual desconexión con la realidad mundial. Si bien es genuino vitorear la caída de un dictador que no mermó en hacer uso de los más deshumanizados métodos de represión y tortura, no queda duda que lo que está en juego aquí en lo local es el triunfo de la campaña militar, y no la verdadera democracia del pueblo iraquí. Por más que algunos analistas internacionales locales adviertan la peligrosidad de aumentar el antiamericanismo mostrando a un Saddam humillado frente a las cámaras, la administración oficial pareciera importarle poco o nada esta posibilidad. No tendría que quedar ninguna duda de que si mañana el pueblo iraquí decidiera crear una nación islámica al mejor estilo Irán, la tarea sería tan o más difícil que el derrocar a Saddam en pleno auge del régimen. La apropiación del concepto “democracia = cultura americana” por esta administración es tan grotescamente evidente como el virtual monopolio temático de los medios de comunicación nacionales que bombardean a la población con noticias predigeridas y con evidente proyecto ideológico. Al poner estos conceptos en perspectiva, la realidad actual del mundo pasa a tener un sentido transparente y las imágenes dignas de “Alicia en el país de las maravillas” se esfuman con el poder de la simple lógica.

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