La lista de Michl y otras mezclas literarias
Jan Michl, es aquel profesor, checo de nacimiento, que enseña historia del diseño e historia de la teoría de diseño, en el “Departamento de Diseño de la Escuela de Arquitectura de Oslo, Noruega”. Pues bien, Michl presenta en su website, una selección de textos, según sus propias palabras, “relacionados en sueltas pero intrigantes formas con el pensamiento y la historia de diseño”, que valoro como digna de ser estudiada, en especial por aquellos deseoso de contribuir a desarrollar su profesión en el mañana.
Confieso que mis últimos textos, sobre diseño y parafernalia relacionada, los he escrito con mayor dificultad que los iniciales. Primero porque mi vocación de escritor ha derivado hacia otras aspiraciones literarias, y en especial porque cada día me descorazona más la generalizada estrechez cognitiva y la desidia que impera en el medio cuando se trata de complementar las materias básicas de los currículos universitarios (a menudo cursados sólo ritualmente) con nociones procedente de otras fuentes trascendentales en mi criterio para quienes se encargan de construir el entorno artificial que envuelve al ser humano.
Las obras seleccionadas
Entre otras muchas, Michl incluye antiguas composiciones como: “La poética” de Aristóteles, a la cual considera como compendio clásico de la metáfora del progreso; o el “Fedro” de Platón. Reseña asimismo tratados de índole misteriosa como “La Evolución y lo oculto” de Annie Besant, que revela las raíces del funcionalismo en el diseño a través de la teosofía, o ‘El diccionario del diablo’ de Ambrose Bierce que condensa con brillantez cáusticas e innovadoras definiciones (por ejemplo, Crítico: Aquella persona que alardea de ser dura de complacer porque nadie trata de complacerla; o Religión: Una hija de la esperanza y el miedo que explica con ignorancia la naturaleza de lo inconocible).
Es de subrayar la pertinencia del libro “Disparates de Moda: El abuso de la ciencia entre los intelectuales postmodernos”, un reciente trabajo de Alan Sokal (1998) cuyo objetivo es hacer una limitada pero original contribución a la crítica de la nebulosa tendencia contemporánea llamada Postmodernismo y, en esencia, denunciar el repetido oscurecimiento que sus principales exponentes hacen de una terminología científica que no comprenden y apropian arbitrariamente del área de las matemáticas y la física (una maña muy similar es ostensible entre muchos de nuestros pedagogos del diseño).
El espectro de la lista va desde obras de pensadores clásicos como: David Hume (“Diálogos concernientes a la religión natural”), Benjamín Franklin (“Camino a la riqueza”), Carlos Darwin (“El viaje del Beagle”, “El origen de las especies”), y Federico Engels (“Socialismo: utópico y científico”); hasta elaboraciones muy modernas como “En alabanza del diseño industrial anónimo” por N. Rain Noe (1998), “Hacia una sociedad global abierta” por George Soros (1998) y “La violación feminista de América” por Thomas Cal (1998).
¿Porqué tal variedad en tópicos, tiempos y autores?
En principio a la firme convicción de Michl sobre la necesidad de un conocimiento extenso en todo ejercicio del diseño que pretende superar el primitivo estadio de estereotipada producción de objetos para transformarse en una disciplina que propugne la mejora social mediante la realización de proyectos bidimensionales y tridimensionales acordes a las versátiles necesidades que el ser humano afronta en su histórico acontecer.
En este punto, encajo mi opinión personal, para proponer a quienes trajinan en los ajetreos diseñísticos, frecuentar tres órdenes literarios cuyas fuentes alimentan desde siempre la innovación y la creatividad, a saber: la ciencia ficción, la fantasía y la literatura infantil.
Las personas poco versadas en dichas materias, sobre todo en nuestro serio entorno nacional, acaso reduzcan los antedichos géneros a temas de niños, algo a todas luces inexacto aunque a veces, las fronteras entre ellos son tan imprecisas como sus relaciones con el cine, la televisión, el cómic o los juegos de video.
Si enumeramos los términos que de alguna u otra forma serán corrientes en la rutina del porvenir, encontraremos nociones como: nanotecnología, criogenia, AI (siglas en inglés para “inteligencia artificial”), terraformación, bioinformática, GPS (siglas en inglés para “Sistema de posicionamiento global”), etcétera. La mayoría de dichas nociones, surgieron de trabajos de especulación originados en el campo de la ciencia ficción y la literatura de exploración científica, y después consolidaron dentro del argot cotidiano hasta volverse de uso común.
Dos casos conspicuos exponen las palabras: ‘robot’ y ‘ciberespacio’. La primera extendida hoy a cuanto trata con robótica y robotización, se escuchó por vez primera en 1921, cuando el escritor checo Karel Capec (1890-1938) publicó su novela R.U.R (abreviatura de “Rossum’s Universal Robots” según traslación al inglés en 1923). El término ‘ciberespacio’ por su parte, fue acuñado en 1983 por el escritor norteamericano radicado en Canadá, William Gibson, cuando publicó su novela ‘Neuromancer’ (traducida al español como ‘Neuromante’), cabe anotar que dicha autoría es ratificada por todas las publicaciones serias en lengua inglesa, desde el diccionario Webster’s de Random House, hasta la enciclopedia Encarta de Microsoft. Quizá algunos de los más empedernidos fanáticos locales de ‘The matrix’, pudieran conseguir esta obra, para descubrir, tras leerla, que el concepto de una red informática que falsea la vida real era ya común en el movimiento de ciencia ficción denominado ‘cyberpunk’ que inauguró la mencionada novela de Gibson y se encuentra sin duda entre el soporte literario de quienes desarrollaron las afamadas películas de Neo y compañía.
Es más, un año antes de la publicación de Neuromancer, en 1982, algunos conceptos similares (aunque el término ‘ciberespacio’ todavía no), asomaron en la película ‘Tron’, que realizó el director Steven Lisberger para Walt Disney Company (el segundo filme patrocinado por dicha compañía para mayores de trece años) y donde se narra la historia de Flynn, un programador de videojuegos que culmina sus aventuras ‘cargado’ dentro de los sistemas de computación en los cuales trabaja.
Estos ejemplos, sólo para citar algunos nos muestran cómo nuestro léxico habitual (incluso el empleado por los soberbios diseñadores) contiene numerosas dicciones surgidas de la cantera literaria.
Ahora bien, sorprendentemente, muchas personas no distinguen entre el género de la fantasía y el de la ciencia ficción, lo cual hace pertinente delimitarlos antes de formular algunas píldoras imaginarias para aquellas almas requeridas de abonos filosóficos.
Ciencia ficción
Recibe este nombre el tratamiento ficticio de la ciencia y los aspectos futuros de la vida humana en la literatura y la cinematografía. La ciencia ficción involucra eventos que no ocurren, podrían haber sucedido o continúan sin acontecer. Los grandes genios del género se precian de considerar los eventos con racionalidad y de especular con buen grado de verosimilitud sobre el impacto del cambio en la gente (algo que acerca sus trabajos a los de los diseñadores).
Aunque son muchos los literatos puros dedicados a desarrollar ciencia ficción (cuya paternidad se arraiga en los relatos de Julio Verne), son bastantes los científicos destacados que han suministrado excepcionales aportes retóricos al respecto. Tal es el caso del norteamericano Carl Edward Sagan quien -además de trabajos investigativos de alta complejidad, como los que precisaron las condiciones física reales del planeta venus-, escribió la novela ‘Contacto’; o el del británico Arthur C. Clarke, el cual, fuera de ser autor de maravillosas joyas tecnopoéticas (como “2001, Odisea en el espacio”) contribuyó a cimentar las bases de la comunicación por satélites en órbita geoestacionaria (razón por la cual la órbita geoestacionaria atmosférica a 42000 kilómetros de altura, fue bautizada en su honor “Órbita de Clarke”).
Casi sin excepción, los grandes hitos en los anales de la ciencia ficción fueron fundados por quienes plasmaron sus mundos imaginarios de acuerdo con las leyes de la ciencia, sobre temas de creciente verificación como: la exobiología (o vida fuera del planeta tierra, ya sea de humanos en entornos siderales, o de criaturas extraterrestres), el futuro, el viaje, espacial o temporal y, sobre todo, en las últimos décadas, el impacto de la tecnología en la vida humana.
Entre innumerables autores sugiero obras de: Aldous Huxley (“Un mundo feliz”), Henry Kuttner (“Mutante”), Larry Niven (“Mundo anillo”), Roger Zelazny (“Los cañones de Avalón”), Anthony Burgues (“La naranja mecánica”), Isaac Asimov (“El fin de la eternidad”), Clifford Simak (“El planeta de Shakespeare”), Robert Heinlein (“Estrella doble”), Alfred Bester (“El hombre demolido”), Domingo Santos (“Hacedor de mundos”) y Eduardo Goligorksky (“A la sombra de los bárbaros”)
Fantasía
La tradición fantástica moderna gravita en torno a la utilización de mitos y leyendas de múltiples culturas, y su eje temático descansa sobre la incidencia de la magia y los criaturas sobrenaturales en la relación con los humanos mortales. Así, a cuanto ente mitológico pueda concebirse, englobados hadas, duendes, dragones, semidioses, enanos, sirenas, genios y trasgos. Esta escuela acompaña desde épocas añejas a hombres, mujeres y niños, aunque hay que reconocer que en tiempos prehistóricos sus explicaciones cosmogónicas, más que irreales eran aceptadas como lógicos y creíbles por las poblaciones de entonces. Sin embargo como género infantil para lectores mayores consigue su apogeo en la obra de J. R. R. Tolkien, al cual hice alusión en mi columna “El diseñador de los anillos”, y cuyos libros convertidos en objeto de culto y hogaño globalizados por la industria cinematográfica no exigen observaciones accesorias.
Empero, hay otros muchos prosistas de fantasía que conseguirían inspirar a los diseñadores si éstos les dieran oportunidad, en particular porque su trabajo, seductor para públicos de todas las edades, condensa la esencia metafórica y poética humana, ese bienestar etéreo e inmedible del factor imaginario y romántico tan a menudo sacrificado en del consumismo insípido. Algunos de ellos son: Michael Ende (“La historia sin fin”), Terry Pratchet (“El color de la magia”), J. K. Rowling (“Harry Potter”), Connie Willis (“El libro del juicio”), Michael Moorcock (“Crónicas del Castillo de Brass”), C. S. Lewis (“Crónicas de Narnia”) y, entre buenos el mejor, Miguel de Cervantes Saavedra con su indeleble “Quijote de la Mancha”, a quien hoy todos citan aunque casi nadie haya leído.
Literatura infantil
Por último, en esta invitación a la consulta de heterogéneas verbosidades, están las lecturas orientadas a los niños, las cuales son totalmente frescas en la argumentación pues prescinden de la coherencia lógica, científica o mágica (aunque algunos autores, incluso recientes caen, en moralismos exagerados). Este tipo de literatura inspira al constructor de objetos, pues aquí a merced del beneplácito que aporta la fábula, las cosas, los animales y las plantas conversan y a través de ellos la humanidad plantea sus más ingenuos y formidables aspectos.
En este género recomiendo los relatos de Frank Baum (“El maravilloso mago de Oz” y las otras catorce novelas relacionadas con la tierra imaginaria de Oz), Theodor Seuss Geisel (“Cómo el Grinch se robó la navidad”) e Isaac Bashevis Singer, premio novel de literatura 1978 (“Julia de los lobos”) y, por supuesto, todos los cuentos clásicos de los hermanos Grimm.
Ahora bien, en cada uno de los géneros comentados hay, convengo, bastantes autores que exceptué, ya por extensión, ya por estar aparte de mis intereses; a pesar de ello TODOS esos también los acredito y prescribo como tónicos para los entendimientos caquécticos de los arquitectos del país del pronto-será, en especial porque pregono que lo importante más que saber cuál modelo futurista se amolda mejor a nuestras predilecciones, es saber cuál involucra mayores posibilidades de recoger el afecto de la comunidad en medio de la que ejercemos. Y es que, en observar al prójimo, los escritores le llevan años luz de camino a los diseñadores; de ahí que abogue por el acercamiento de unos a otros, pienso que si éstos leyeran más a aquellos su horizonte especulativo se expandiría lo bastante como para que muchos se aventuraran a aliñar nuevas recetas creativas y abandonaran al fin el lastre de las taras profesionales. Algo difícil dentro de un gremio aún gelatinoso e inestable, que mientras en teoría exalta la variedad, despliega en la práctica un discurso que con exiguas salvedades es monótono y estacionario, como un cuento sin su correspondiente “y vivieron felices por siempre jamás”.