La otra riqueza de la tierra
Los pasos fueron sencillos: después de degustar un exquisito plato con buen vino en la 17º Fiesta Nacional del Chivo, nos propusimos dos objetivos con distinto grado de conocimiento previo. Por un lado, visitamos la misteriosa Caverna de las Brujas y entre estalactitas y estalagmitas desciframos en la oscuridad las leyendas aborígenes y los rasgos de aquella piedra que fue océano hace millones de años.
Por otro lado, y después de recorrer casi 60 kilómetros por un camino con paisaje excepcional y cierto sabor a aventura, encontramos un sitio extraordinario: Termas de Cajón Grande, a sólo 32 kilómetros de Chile por el paso Pehuenche. Llegamos una tarde después del descenso a la cueva, deslizados por una alfombra verde hacia un refugio al borde de un caudaloso arroyo, con el cerro Campanario de fondo, de picos nevados y significativa impronta. El cansancio del viaje nos había dejado exhaustos. Sin embargo la sorpresa resultó mayúscula. Nadie nos había creado demasiada expectativa por este bellísimo lugar, un valle de ensueño al pie de la cordillera, con bajas temperaturas y una extraña música de silencio.
Las termas fueron nuestro descanso reparador: los cuerpos se extendieron en piletas que se comunican con dos pozos naturales con aguas que superan los 30 grados. El sol se desplomaba detrás de las montañas, un aire frío nos sumergía en las aguas turbias de la terma, y una comida caliente nos esperaba para pasar una noche bajo las estrellas que no teníamos prevista.
Repetimos una idea varias veces mencionada. Era como estar en los alpes suizos pero en nuestro país y con una condición envidiable: tierra virgen. Sentíamos estar en el confín de un lugar, de nuestra tierra, de nuestro universo. Volvíamos sobre otra remanida conclusión: cuántas riquezas inexploradas tiene Argentina. Y una pregunta para salirse de las vacaciones: ¿hasta dónde cuidamos este tesoro? La experiencia de los propietarios de esas tierras nos dio la respuesta que presentíamos. De hecho nuestras consultas no habían recogido demasiadas referencias favorables sobre uno de los mejores lugares de Mendoza. La omisión a veces es suficiente, los caminos evidencian el (escaso) interés por mostrar semejante paisaje y las prioridades en la difusión turística hacen el resto.
De todos modos, al volver, sentimos que habíamos descubierto otra perla argentina que ya tiene su lugar en nuestros corazones. El manantial nos refresca los recuerdos, las termas nos encienden el ánimo y los colores del verde valle nos iluminan las sonrisas. Estábamos contentos.
Después de las anécdotas de las primeras dos etapas, no creíamos vivir momentos tan particulares: sin embargo, volvimos a ser sorprendidos. De paso por el valle de Las Leñas, y después de mirarnos los rostros en la Laguna de la Niña Encantada y asombrarnos en el Pozo de las Animas, un recorrido cordillerano nos llevó a Valle Hermoso. Surcado por los ríos Tordillo y Cobre, una impresionante depresión entre las montañas aparece al final de un camino de cornisa entre arroyos de deshielo, fósiles y nieve. Allí también sentimos la insignificancia del ser humano y respiramos el aire de los cóndores.
Encantados, con imágenes que hablan por sí mismas, emprendimos viaje hacia la última etapa, que nos daría lugar para surcar las entrañas de la tierra en el Cañón del Atuel y reposar en el verde del Valle Grande a un paso de San Rafael.