Los incendios en Australia ya destruyeron más de 10 millones de hectáreas de bosque
Canguros escapando del incendio en Australia Crédito: Imagen: AFP/Saeed Khan

Los incendios en Australia ya destruyeron más de 10 millones de hectáreas de bosque

Tres investigadores explicaron qué hay detrás de una de las mayores catástrofes ambientales de la historia reciente. La transición socioecológica y la lucha territorial, caminos urgentes para paliar una crisis climática y social que ya está en ciernes.

Los bosques del sudeste australiano arden y siguen ardiendo desde septiembre de 2019, con pérdidas de vida silvestre comparables a las anteriores extinciones masivas. La diferencia está en que, esta vez, las causas no fueron fortuitas: se trata del cambio climático, sí, amplificado por el uso destructivo del ambiente.

Al día de hoy, se estima que, en Australia, mil millones de animales y decenas de personas murieron por el fuego que ya arrasó 10 millones de hectáreas de bosque. Todo un patrimonio natural y cultural difícil de recuperar.

¿Cómo se llegó hasta acá?, ¿qué rol ocupa el sistema en este escenario?, ¿qué formas de actuar y ver el mundo establece?, ¿hay alguna alternativa? A estas preguntas responden tres investigadores.

En la cuerda floja

Hace algunos meses, el informe del Intergovernmental Science-Policy Platform on Biodiversity and Ecosystem Services (IPBES) de la ONU había advertido que el 75 por ciento de los entornos terrestres se ven gravemente deteriorados por las actividades antrópicas, y que un millón de especies estaban en peligro de extinción.

El estudio sostenía, además, que el uso intensivo del suelo, el agua y otros recursos naturales, y los modos de producción y consumo son factores que contribuyen al cambio climático, emitiendo gases de efecto invernadero a la atmósfera, elevando la temperatura del planeta y generando fenómenos meteorológicos extremos, tales como olas de calor, tormentas, inundaciones, sequías e incendios forestales.

Lo que el informe no advertía era que esos pronósticos se iban a experimentar antes de lo previsto, con una intensidad y recurrencia cada vez mayor. “Está empezando a notarse lo que la ciencia viene diciendo hace años: que iban a aparecer tragedias cada vez más grandes con impactos cada vez más notorios, que no necesariamente se iban a ver en el mismo lugar donde se producen los impactos”, explica el investigador y ecólogo de la conservación, Sergio Lambertucci.

Según el experto, a pesar de las tragedias anunciadas, los niveles de consumo actuales “denotan que no se ha tomado conciencia de que este accionar nos puede llevar a la extinción”. En rigor, señala que el estilo de vida dominante, incentivado por el éxodo hacia las grandes ciudades, y la idea del “desarrollo” como un bien en sí mismo, ven a la naturaleza como algo a explotar sin límites, sin consciencia de los daños evidentes.

Por su parte, la filósofa y bióloga Gabriela Klier advierte que las raíces del problema están en la idea del “hombre” contra la naturaleza, como una realidad universal. “Cuando hablamos de que el humano destruye –señala- nos estamos olvidando de que, en realidad, se trata de un sistema político y económico capitalista en el que habitamos, donde ciertas acciones y vínculos son posibles y otros no. No es un problema de la humanidad como un todo”.

Cambiar la mirada

En este marco dominante, Klier sostiene que lo que se pierde con los incendios es la biodiversidad pero, también, las culturas, territorios y distintos tipos de relaciones con el entorno, no necesariamente capitalistas o mercantilizadoras de la naturaleza: “Parece que no es el fin del planeta Tierra, sino la muerte de mundos singulares, espacios que van desapareciendo en pos de este modo en el que estamos viviendo”.

Más aun, Klier sostiene que el paradigma del “humano” disociado de la “naturaleza”, y de lo natural como objeto de consumo, no permite encontrar soluciones a la tragedia por fuera de esa mirada muy propia “del método científico y de la modernidad”.

Crisis ambiental y humanitaria

Los incendios forestales de Australia, tal como ocurrió con los de Amazonia, mantienen en vilo a la comunidad internacional, pero la rueda que los favorece –el monocultivo, la minería y la energía de origen fósil- sigue sin detenerse.

Por el contrario, algunos jefes de Estado como Donald Trump, Jair Bolsonaro y Scott Morrison no solo niegan el cambio climático y sus causas, sino que, además, promueven el avance sobre ecosistemas enteros a fin de reducirlos a suelo productivo, con el “desarrollo” como slogan.

La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) señaló que, solo en 2017, se registraron 18,8 millones de nuevos desplazamientos internos relacionados con desastres naturales o con pérdida de las condiciones para la subsistencia. Según el Banco Mundial, esa cifra escalaría a 140 millones para el año 2050.

Las soluciones

Tanto Lambertucci, como Klier y Pengue coinciden en que el panorama medio ambiental global, que excede los pronósticos del ámbito científico, requiere de cambios radicales y urgentes. Fundamentalmente, en las ideas que se tiene sobre el entorno, los vínculos con esos espacios y con quienes los habitan.

Desde la biología de la conservación, Lambertucci propone una toma de conciencia acerca de cómo nos relacionamos con los recursos y qué impacto tienen nuestras acciones, como la generación de basura, el uso de recursos no renovables y la emisión de contaminantes.

En esa línea, propone disminuir el consumo a lo necesario para vivir, aprovechar aquello con lo que se dispone territorialmente y evitar el traslado de especies exóticas animales y vegetales. Además, sugiere la reconversión hacia productos sustentables, sobre todo, en materia de alimentos y consumo de energías provenientes de combustibles fósiles.

Por Carolina Vespasiano

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