Protesta rural: por un nuevo modelo agropecuario
Protesta rural en Las Colonias Crédito: Gentileza esperanzadiaxdia
Economía
Redacción El Santafesino
3 de abril de 2008
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Protesta rural: por un nuevo modelo agropecuario

El rompecabezas del campo estalló. La aplicación de las retenciones móviles a los granos, llegó arbitraria y unilateralmente como la mayoría de las políticas para el sector agropecuario en los últimos años, pero tuvo una respuesta que nadie se imaginaba.

Nadie, pensando en el gobierno nacional o en la ciudadanía en general, aunque comprensible de parte del colono de nuestras tierras, cansado de sembrar y cosechar en la incertidumbre, expuesto a los vaivenes de la economía y la variabilidad del clima.

El conflicto que enfrentó al gobierno nacional con los hombres del campo y que duró unos 20 días provocando problemas diversos al país, puso al desnudo varios aspectos “del campo” como tanto se mencionó en estas semanas, y que en las siguientes páginas trataremos de analizar, sin perjuicio de omitir alguna faceta de tan complejo escenario.

“El campo”

¿Qué es el campo? Como reflexionamos en la editorial, el sector agropecuario argentino no es un sector más. Es el motor de la economía nacional desde la misma gesta gringa, cuando a finales del siglo XIX por ejemplo, Santa Fe, era uno de los estados más pobres de la Confederación y pasó en dos décadas, a ser el más rico después de Buenos Aires, con récord de producción, floreciente actividad comercial y amplia extensión de vías férreas.

De aquellas corrientes inmigratorias, segundas y terceras generaciones echaron raíces y son los fieles testigos en el tiempo de un esfuerzo titánico que hoy se proyecta en los más jóvenes como un ejemplo. En nuestra provincia y gran parte del país, son esos gringos los que salieron a las rutas con sus mujeres y sus niños a descargar la bronca por una medida -en términos generales- injusta.

Y detrás de ellos, los actores de ese rompecabezas del cual hablamos al comienzo, es decir, todos eslabones que hacen a la cadena productiva que pone en marcha cada mañana la vida de cientos de pueblos y ciudades del interior que -literalmente- viven del campo. No por nada los presidentes comunales e intendentes, de todos los colores partidarios, se pusieron del lado del productor.

La reacción campesina se explica en las cuentas pendientes de los sucesivos gobiernos nacionales que siempre miraron con recelo al hombre de campo, desde alejados ámbitos burocráticos, sin enterrarse en el barro de un complejo manto de verdes y marrones con realidades diversas.

Acotando la mirada a nuestra provincia: lejos de los pool de siembra, las multinacionales o los paradigmas de estos nuevos tiempos planteados por gigantes como Los Grobo que -obviamente- existen, están los productores pequeños, no sólo con 200 o 400 hectáreas sembradas, sino con 40 u 80; los tamberos golpeados por las inundaciones y los precios bajos; los productores del norte acediados por las sequías; los propietarios y los arrendatarios, los “Pampa” y los tractores de última generación.

Están los productores con rindes altos del centro y sur, pero también aquellos con rindes bajos más al norte, distantes y con fletes más elevados. Todos, con insumos que han experimentado incrementos exorbitantes en los últimos meses. No es tan sencillo: se combinan producciones, se invierte en nuevas tecnologías, se arriesgan innovaciones, se trabaja de sol a sol y siempre mirando al cielo.

Por estas muy puntuales razones entre otras tantas, la medida del gobierno nacional generó tanta polémica y rechazo: una sola “tarifa plana” para todos cuando las realidades son muy diversas.

Las retenciones

Más allá de analizar esta herramienta en otros apartados de la presente edición, su implementación después del quiebre de 2001-2002 permitió al país salir a flote. Las divisas que ingresaron a las pobres arcas nacionales (cómo se vaciaron es harina de otro costal) permitieron apagar el fuego de la protesta social en las grandes ciudades, de la marginación que profundizó un modelo económico neoliberal.

Muchos productores fueron beneficiados con la licuación de sus deudas luego de la salida de la convertibilidad, pero muchos más con su capacidad innata por salir adelante aún en los momentos más adversos, capitalizaron el nuevo esquema económico propuesto por el ex presidente Eduardo Duhalde, en un contexto internacional favorable.

A la primera resistencia expresada por la aplicación de derechos a las exportaciones, sucedieron capítulos de la misma película de siempre. Más aumentos en las retenciones en el caso del sector agrícola, condicionamientos como por ejemplo respecto del peso de faena en el caso de la ganadería, cierre y topes para las exportaciones de carnes y lácteos. Y para los tamberos, una historia repetida: la ausencia de políticas claras para un sector en retroceso.

Sin embargo, pese a todo, las mejoras en la producción agropecuaria que nadie niega, consolidaron en un breve lapso una dinámica que reactivó la vida de los pueblos y ciudades del interior, y contribuyó a la industria y al comercio, por ejemplo en mercados como el inmobiliario o automotor. Aún con debates pendientes sobre los modelos de producción, las asimetrías de crecimiento, los impactos en el medio ambiente, entre muchos otros aspectos, esta realidad se mantuvo favorable no sin tensiones.

Pero la gota del 44 por ciento colmó el vaso: detrás de “los grandes” perjudicados en su lícito negocio sojero, salieron -con su rentabilidad amenazada- los medianos y chicos con un rosario de reclamos nunca escuchados, se sumaron los tamberos y ganaderos, las autoridades locales y, al final, los ciudadanos con sus cacerolas, para de paso, recordar que el costo de vida de los argentinos es alto y que el crédito para los gobernantes -después del débil “que se vayan todos”- desde hace poco más de un lustro es limitado.

El futuro

Nuestra expectativa es que el costo económico y social de esta protesta, no sólo se justifique por su misma legitimidad, sino por la posibilidad de dar lugar a un debate pendiente con todas las voces, donde sí habrá que apelar a un sinceramiento de las partes.

Allí quizás los argentinos comprendamos de una vez por todas que en gran parte de nuestro territorio, “el campo” en todas sus expresiones, es nuestra razón de ser. Ya sea por la calidad de sus tierras, las bondades de sus climas, la voluntad de sus hombres, curtidos por el sacrificio en el incansable afán de progreso de los colonos que poblaron esta geografía.

Una identidad que nos sigue dando oportunidades en el mundo, que nos permite generar riqueza de modo extraordinario, articular su empuje con la industria y crecer para exportar a otros países los alimentos que no poseen, pero que sí tenemos nosotros, en cantidad y calidad para nuestros propios habitantes.

El estado nacional, junto a las provincias, y todos aquellos protagonistas del trabajo rural que pueden aportar sus conocimientos y experiencia, debe delinear un plan de desarrollo discutido y consensuado con cada sector, nada más y nada menos que para seguir trabajando la tierra y garantizar un bienestar general que es inconcebible no tener con semejante disposición de recursos naturales, económicos, científicos y tecnológicos.

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