Reforma universitaria: la rebelión de los estudiantes
Fuente: Universidad Nacional del Litoral
Educación
Redacción El Santafesino
15/06/2016
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Reforma universitaria: la rebelión de los estudiantes

El movimiento reformista trascendió el ámbito de la educación superior, como parte del clima de una sociedad que se transformaba por la inmigración y los movimientos políticos de comienzos del siglo XX.

“Hombres de una república libre, acabamos de romper la última cadena que en pleno siglo XX nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica. Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen”. Las palabras del Manifiesto Liminar firmado en junio de 1918 por un grupo de estudiantes revelados contra el clericalismo y el carácter elitista de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), señalan con claridad el tono de una revuelta que se dirigía desde “la juventud argentina de Córdoba a los hombres libres de Sud América”.

La mecha de ese estallido, se encendería con las protestas estudiantiles que suelen historiarse a partir de la clausura del internado de estudiantes del Hospital de Clínicas, pero que tienen que ver con un creciente cuestionamiento a la legitimidad del rector y los decanos de la UNC, y el reclamo de modificaciones a los planes de estudio. Para marzo de 1918 se organizaría un Comité Pro-Reforma y al mes siguiente, la Federación Universitaria Argentina (FUA). La intervención de Nicolás Matienzo, decretada por el presidente Hipólito Irigoyen, no logra reducir las tensiones ya que si bien había avanzado en una democratización del gobierno universitario, la Asamblea del 15 de junio elegiría como rector a Antonio Nores –candidato de la asociación clerical Corda Frates– en lugar de Enrique María Paz, vinculado al movimiento reformista.

La conocida fotografía de los estudiantes durante la toma de la Universidad de Córdoba, sintetiza de una manera potente las fuerzas en pugna durante la Reforma: el proyecto de conservar la Universidad heredada del siglo XVII (la UNC fue fundada en 1613, sobre la base del Colegio Máximo de los Jesuitas, de 1610); y por otro lado, las nuevas generaciones de estudiantes que irrumpieron en el viejo Rectorado, llevando a lo más alto del edificio una flamante bandera, hecha con pedazos de tela arrancados de los cortinados de color obispal, signo claro del poder clerical.

Las banderas

“Una primera cuestión reivindicada por la Reforma Universitaria tuvo que ver con el anticlericalismo en el ámbito de la educación superior, según el cual, la educación debía estar regida por el conocimiento científico”, señala la historiadora, investigadora y docente de la UNL, Natacha Bacolla. “Otro reclamo central fue contra el carácter de elite que tenía en ese momento la Universidad, y en particular la sociedad cordobesa porque aunque era transformada por el impacto de la inmigración; por otro lado, las elites políticas y universitarias estaban ampliamente vinculadas. Esa Universidad era el semillero y la reproductora de una sociedad que aún pertenecía en algunos aspectos a la Córdoba del Siglo XVII”.

En consonancia con esos planteos, una tercera premisa cuestionaba la construcción de un cuerpo docente que todavía contaba con profesores vitalicios, que accedían a las cátedras “por vínculos previos, de pertenencia a círculos de elite”.

“Esas reivindicaciones no se plantearon del mismo modo en todas las universidades argentinas”, enfatiza. Para referir además a hechos que precedieron los sucesos de 1918, pero estaban en clara sintonía con el espíritu reformista: la reacción de los estudiantes de la Academia de Derecho de la UBA, en 1903, debido a una interpretación arbitraria del reglamento de exámenes; la fundación de Centros de Estudiantes y reformas en los estatutos, o la conformación de la Federación Universitaria de Buenos Aires (FUBA), entre otros. En Santa Fe, la creación de la UNL, en octubre de 1919, también responde a un largo proceso que si bien se vincula estrechamente a la Reforma, encuentra sus raíces en la primera década del siglo XX, marcando incluso un norte para las proclamas de los estudiantes cordobeses.

Sobre el reclamo central del cogobierno, Bacolla señala que “no tuvo el mismo peso en todos los espacios universitarios argentinos, incluso en algunos casos generó una transición más negociada y en otros –como en el de Córdoba– planteó una ruptura más profunda con la situación que estaba dada”.

En síntesis, “si tenemos que definir cuál es la universidad de antes y después de la Reforma tiene que ver justamente con encontrar en diversas versiones, la decisión de construir hacia adentro de la universidad una democratización a partir del cogobierno”.

Los planteos acerca del rol de las universidades en la sociedad, en particular a través de la investigación y el extensionismo, formarían también parte de ese espíritu que expresaba la necesidad de vincular la Universidad con la sociedad, a partir de su capacidad crítica para transformarla. Esas cuestiones, diferentes en cada caso, “se plantearon en cada espacio universitario, de acuerdo con sus ritmos e historias, pero marcando siempre una ruptura, un antes y un después”.

Reforma y democracia

Suele decirse que el resultado de este proceso no fue una universidad “reformada” sino “reformista”, para aludir a un legado siempre abierto a nuevas significaciones, a reformular las respuestas que plantea cada tiempo y lugar. Atendiendo a esa evolución y vigencia de la Reforma, Bacolla señala que “en un sentido, la década de 1960 es una edad de oro para la Universidad por el desarrollo de institutos de investigación, la creación del Conicet, la producción de conocimientos y renovación de planes de estudio, la incorporación de carreras en el área de las ciencias sociales. Pero por otro lado, es un momento de gran politización, donde penetran los conflictos de la sociedad y la conflictividad política en los claustros universitarios. En esos momentos, la Universidad fue muy atacada porque era un espacio donde se había generado una cultura democrática”.

Después de la Dictadura Militar de 1976, la educación superior en Argentina se enfrentaba a la necesidad de “reconstruir la dinámica universitaria, que necesita de la libertad de expresión y por eso se contrapone con situaciones de autoritarismo y dictadura”. En tal sentido, señala Bacolla: “la universidad asumió esa doble misión de reconstituirse como espacio académico, pero también como un espacio a partir del cual recuperar la cultura democrática en sus aspectos centrales; en paralelo con la tarea de los movimientos sociales, los partidos políticos y el legado de los movimientos de Derechos Humanos, que debieron hacer su tarea”.

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