Todo santafesino tiene derecho a conocer la/su costa
Islas en la provincia de Santa Fe Crédito: El Santafesino
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03/01/2008
Costa Santafesina Turismo

Todo santafesino tiene derecho a conocer la/su costa

Siempre tuve pasión por el agua de mis ríos aleonados, la laguna o las playas. Esa es la costa de esta ciudad capital. Bordes con verdes y aves, la arena blanca más fina del mundo, linda de caminarse y amaneceres rosas y la luna más farola, en llena, que haya visto jamás.

Pero somos ajenos a un gran paisaje que nos pertenece y del que formamos parte indivisible, somos agua, somos prósperos islotes que navegan entremezclados de tallos largos con diferentes hojas y raíces flotadoras y camalotes aventureros sin brújula ni dirección. Nos privamos de vivir algo que es natural a la respiración misma, es húmeda, es abundante.

Apenas saliendo de la ciudad empiezan a aparecer instalaciones turísticas que, con diferentes nombres o estilos, son oferta tentadora para turistas y paseantes. “Los turistas vienen de afuera”, preconcepto de la llanura santafesina. ¿Por qué? ¿Y nosotros de dónde venimos?

Yo aprendí a ver el gozo y la increíble satisfacción de la gente que llevábamos por la Costanera, por Rincón o por la costa del San Javier cuando sentía tanto olor a mojado, fresco, inmenso porque a una isla sigue otra y un brazo te lleva a otro y a un estero le sigue el río. Aprendí saliendo del San Javier en lancha por entre islas con nombre y contenidos diferentes, a pararme en la platea que da al gran PARANÁ y comprender el por qué su nombre. La lancha te cruza a la provincia de enfrente.

Y no pesco. Porque eso sí que es una FIESTA. Hombres y mujeres concentrados en la presa y en sacar el oro de debajo del río marrón. La destreza, la competencia entre el río y el hombre. La peña de cada noche y de cada día. Un rito que implica la ceremonia de antes y de después.

Caminar los poblados de la “Uno”, de la Teófilo Madrejón es saberse de un espacio. Si el hombre es agua, el santafesino es isla, es costa y calles de tierra con arena que no se anegan. Los días de calor intenso, el fresco está en la orilla, en la sandía jugosa puesta en agua y en el mate que aunque caliente te saca la sed. Mirar con el sabor de lo perdido esas calles y las casas de dibujo según la etnia que prevalece en cada pequeña región. Árboles de floración estacional te indican por qué parte del año estás sendereando.

Sé que no es necesario viajar por otros lugares bien lejanos o distintos para amar lo que se tiene, pero créame que si no lo hizo, la lección es para siempre. Te marca como yerra a fuego. Apreciar es ponerle precio a lo que valora por pertenencia o por sentido de la identidad, que lo distingue como ser humano único y singular en un conjunto. Mire atento a los habitantes de la sequía, a los que ya no conocen el cielo diáfano y la visibilidad de kilómetros, a los que no tienen arena para apoyarse a tomar sol y a los que no tienen sol para entibiarse la vida además de ponerle color a la piel. Observe cómo logran dormir los que perdieron el sueño en las grandes ciudades y cuántas horas les lleva dejar la bici apoyada contra la entrada de la casa, la cabaña o el bungalow. Sí, ya sé que también se roba… ¡cómo no! si Usted se dejó robar el amor a su tierra.

No espere, disfrute de la Costa santafesina o del corredor de la “Uno” porque es el terruño que lo caracteriza en el Litoral. El entusiasmo le brotará en cada relato y tendremos derecho a conocer nuestro tesoro turístico.

Por Lic. Georgina García Kieffer-Especialista en turismo y comunicación.

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