Y bueno, somos argentinos
Y bueno, somos argentinos

Y bueno, somos argentinos

Porque más allá de todo, el origen de nuestros líderes poco tienen que ver con el bien y con el mal. Las condiciones y características del líder son un tema aparte para nosotros. Un líder fuerte es lo que subconscientemente flota como polo de deseo en el inconsciente de la nación. Uno duro, macho, directo, paladín… uno más de los tantos en la historia nacional. País de líderes se podría llamar el nuestro. No es un país de polifonías y poliopiniones que de última funcionarían como una especie de coro democrático que vaya formando el horizonte del país. Una democracia deliberativa la llamaría un amigo boliviano. No tenemos tiempo para tales lujos. Lo nuestro es ahora mismo, en cinco minutos es muy tarde. Nuestro país no funciona a largo plazo, y quizás nunca vaya a funcionar de esta manera. El cuerpo de la nación, es decir el pueblo argentino, siempre prefirió encausarse detrás de líderes. Tal es el caso de San Martín, de Rosas, de Perón, y porque no decirlo, hoy de Kirchner. Salvando las diferencias, claro está. Porque la pregunta no es si nos encausamos detrás del presidente por las características que éste tenga, sino por cuanto tiempo y con cuanta intensidad nos encausamos. Es decir, el énfasis está en seguir al líder, y poco tiene que ver este impulso primario con el líder. Por eso nuestros guías pueden pasar de un día al otro de su estado de conducción irrevocable, a ser la mayor lacra que pueda haber existido en nuestro territorio. Porque nuestra ligazón con el director es inmediata, adolescente, a fuerza de instinto. Es por eso que a figuras que han intensificado su rol directivo a la máxima posibilidad o se los odia o se los adora. A mayor intensidad, mayor es la polarización. En algunos casos tenemos suerte y nos terminamos amalgamando en más de un polo. Porque lo peor que nos podría pasar a los argentinos es que encontremos al líder perfecto, aquel que termine satisfaciendo a todos.

País especial el nuestro, sin duda. Un país de polos y de intensidades. Un país que agobia si vivís adentro, y un país que expulsa si estas afuera. Porque esa es otra de nuestras características, la polaridad afuera y adentro. Lujo que nos ha costado tanto, porque de lujos se trata el tema. Uno viaja por el mundo y encuentra argentinos haciendo las más diversas y sofisticadas ocupaciones. En alguna ciudad remota, no faltará algún físico, algún médico o algún científico, que aislado absolutamente de todo contexto nacional, se haya transplantado al más remoto territorio y haya sido recibido con la mayor de las generosidades. Y en ese brote, en ese logro lejano, existe el gusto amargo del éxito imposiblemente trasplantable al territorio de origen. Porque la Argentina rechaza a los audaces que se hayan mudado a otros territorios y, más aún, han tenido la osadía de tener éxito. En un momento lo leía a Vilas diciendo que en la Argentina nadie le daba bola, que en USA era invitado a todas partes pero no en el territorio. O las frases de Cortazar, diciendo que cuando volvió a Buenos Aires en sus últimos años nadie lo invitaba a nada, que se sentía solo. Es que la Argentina es un país instintivamente exportador, no importador. Un país de mirada hacia Europa, no hacia la pampa. No conozco a ningún escritor cercano argentino que viva en el exterior y que edite en el país. Pero sí un puñado de chilenos, peruanos y mexicanos que lo hacen en sus territorios natales. Que retornan inevitablemente a su tierra nativa para devolver lo que han recolectado; mientras que simultáneamente su tierra los recibe. Pero nosotros no, somos otra cosa, alma errante como el Martín Fierro, en la negación está nuestra esencia. En lo más recóndito de nosotros no somos de izquierda o de derecha; no somos de derecha o no somos de izquierda es lo que somos. Una cantidad de empujones, como en el colectivo, contra el otro y no en dirección de un objetivo. Hacia el fondo empujando sin saber si es que hay lugar o no hay lugar. Un impulso y una corazonada que en algunas raras oportunidades nos sale bien. Como diría Cesar Fernández Moreno: “nuestras cosas comienzan en una corazonada y terminan en un expediente”. Abrimos los títulos antes de mostrar los logros. Sin mirar tanto el proyecto, sino la intensidad que el proyecto genera. Como aquel que se titula pintor o artista, pero nunca pinta nada. Porque como habíamos dicho, existimos en el primer momento del impulso. “y bueno esta es una tierra así” diría el poeta. …Y sí, somos argentinos. Así estamos amarrados a la camiseta de la selección, haciéndonos llorar de amargura en el segundo lugar, o eufóricos en el primero. Abrazados a una vaca nos morimos, como comentaba Oliverio Girondo; como a una cruz voluntariamente aceptada. En lo inevitable de nuestra misma esencia que nos persigue a fuerza de puñaladas.

Por Fabián Banga, desde Berkeley, California.

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