“Alas Solidarias”: un nuevo vuelo para abrazar a la comunidad Wichi del pueblo salteño de Morillo
Calzado para Morillo: solidaridad en los actos concretos desde Sarmiento. Crédito: Gentileza

“Alas Solidarias”: un nuevo vuelo para abrazar a la comunidad Wichi del pueblo salteño de Morillo

La gesta solidaria lleva 12 años. Vecinas y vecinos voluntarios, llegan con camiones repletos de donaciones para familias Wichi. El 16 de mayo sumarán un año más a esta travesía de ayudar a las comunidades de aborígenes.

Hace 12 años comenzaba esta travesía, cuando Miguel Ángel Moietta junto a su hijo Giulano viajaron a la localidad de Juan Sola Morillo, departamento Rivadavia en la Provincia de Salta, con el objetivo de participar en una peña folklórica. En ese entonces, Miguel y Giuliano lejos de imaginarse con lo que se iban a encontrar, se disponían a disfrutar de su viaje, hasta que se encontraron con una Salta, “La olvidada”.

Micky, como todos lo conocían, “al ver a los niños en esas situaciones de vulnerabilidad, no aguantó y se propuso ayudarlos”, y así comenzó esta cadena de solidaridad. Hace 12 años que año tras año, viajan llevando camiones de cosas recaudadas para ayudar a las comunidades aborígenes del lugar. “Hoy es hermoso todo el trabajo que se realiza y que venimos haciendo hace años”, contó Olga Andereggen de Moietta a El Santafesino.

Comenzaron con la gesta solidaria, primero de la mano de “Sarmiento Solidario”, y ahora de “Alas Solidarias Sarmiento”, que encabeza Andereggen, quien recuerda que le llevó tres viajes para convencerse de lo que estaba viendo, “no podía creerlo, no podía entender que los chicos pidan pan”.

Ayuda para la infancia de la Comunidad Wichi.

 

Sin embargo, tras la muerte de Miguel Ángel, su marido, hace dos años a causas de COVID 19, Olga pensó en dejar todo aquello atrás, el dolor por la pérdida la invadió tanto que sentía que no podía seguir: “no quería saber más nada, estaba muy mal”, sostuvo y fue allí cuando recibió el llamado de Belkis Stalder, quien lleva adelante “Cadena Solidaria” en San Jerónimo Norte. Belkis, la invitó para ir nuevamente a Morillo.

Al principio, Olga dudó en volver, pero recordó el trabajo realizado hasta ahí y decidió continuar con el legado. “Alas Solidarias Sarmiento”, es un trabajo mancomunado entre Andereggen, quien está a la cabeza junto a su hijo y nuera, y referentes de Sarmiento, Hipatia, Progreso, Pilar, Moises Ville, López, Tacural, Felicia, Paraná, Nelson, Santo Domingo, Rafaela y Providencia.

Viaje a la vista

El 16 de mayo es el día que emprenden la travesía nuevamente a la localidad de Juan Sola Morillo y otros nuevos parajes. Estarán nueve días para poder hacer todo lo planeado y entregar lo recolectado.

“El señor, Juan Schnidrig de la empresa, Tres Jotas, nos donó el camión para trasladar todo”. En Morillo, “hay muchas necesidades, muchísimas”, por eso se trabaja todo el año para recolectar, clasificar y preparar los alimentos no perecederos, ropa, calzado, utensillios, golosinas, útiles escolares y juguetes.

“El camión de acá va lleno, repleto de cosas, muebles, medicamentos, hacemos los botiquines para dejar en cada paraje, donde no hay ni una curita. Llevamos chapas, toldos, piletines fuera de uso para que se hagan los ranchos, es decir, con eso cubren el techo”. Esta vez, consiguieron dos tachos de leche que, los hicieron cortar para que puedan calentar el agua y la leche.

Alimento desde Santa Fe para Morillo.

 

Una vez allá, “les hacemos la chocolatada, los guisos, llevamos harina porque tenemos una panadería que nos hace el pan todos los días. Siempre tratamos de conseguir lo que más se puede en alimentos no perecederos”, contó y agregó que este año irán a nuevos parajes, “donde los niños necesitan también”.

Además apadrinarán a un comedor en el Paraje kilómetro 2, donde asisten 700 personas de los cuales, 200 son niños: “están comiendo dos niños en un plato porque no les alcanza la comida para toda esa cantidad de chicos”, describió apenada, por eso tienen que llevar mercadería para cuatro o cinco meses, porque “los niños comen todos los días, no una vez a la semana”.

La vida en Juan Sola Morillo

Morillo queda a unos 450 km de Salta capital, la vida en ese lugar “es muy dura y cruel”, según relató Olga. En muchos parajes, no hay agua: “los chicos van a una a laguna o donde se descarga el agua y tal vez, se encuentran con animales muertos dentro del lugar, de igual modo, sacan para tomar y a raíz de eso, hay muchas enfermedades”, alertó.

Al principio, “no podía entender que unos niños te agarraban de la mano y te pedían pan. Ellos venían con sus remeritas rotas, agarraban el pan y lo ponían en los agujeros para llevarles a sus hermanitos para que tengan de comer al día siguiente. Yo no lo podía creer y me costaba entender, porque es una realidad que nunca había visto antes”, contó Andereggen con un sentimiento de tristeza.

Juan Sola Morillo, es un pueblo que tiene municipalidad, cajero, supermercado, es un pueblo como cualquier otro, pero detrás de las vías, están todos los aborígenes y la realidad, es otra.

Olga admitió que no pueden cambiar la cultura de los habitantes de Morillo. Sin embargo, les enseñaron a hacer quinta, cocinar pan, tortas y comida. La primera cocina, se la llevaron en uno de los tantos viajes: “hay una docente que les enseñó a cocinar a los aborígenes y criollos del lugar. Hacen dulces, tortitas, porque el aborigen no sabe cocinar, uno le lleva arroz y no sabe qué hacer con eso”. Ellos viven de la caza y de la pesca o “no comen o toman solo leche”.

 

El Wichi mantiene su cultura. En su relato, Olga dijo que jamás se olvidará de una escena muy dolorosa, en pleno invierno, adentro del monte y en medio del frío, unos padres habían armado, para sus dos hijos, un lugar para permanecer, era algo muy precario hecho con dos palos y una lona, ahí permanecían mientras los chicos iban a la escuela. La familia pernoctaba con los chivos y perros adentro para paliar el frío.

Al describir la realidad, señaló que hay muchos niños con discapacidades, también se mueren de hambre y de frío. No obstante, hoy a 12 años de la acción solidaria de Miguel y Olga, como precursores, se puede observar cambios. “El Wichi, le gusta estudiar y nos piden, por favor, lapiceras y cuadernos. Queremos estudiar y nuestros padres no nos pueden comprar”, describió.

“Este año queremos hacerle pancitos de salchicha porque no las conocen, arriesgarnos a que la coman, porque ellos sino no conocen, no lo comen. Es muy difícil llegarles, sobre todo, a los caciques”.

Solidaridad como legado

“Mi marido siempre decía que son vacaciones para el alma, y es así. Es algo que me sale de adentro del corazón”. A Mamila, así la llaman los habitantes de Morillo, la esperan año tras año. “¿cuándo vuelven?”, le preguntan los niños y ante la respuesta que van a volver el próximo año, los pequeños les dicen “acá vamos a estar esperando”, y un año aguardan la llegada de las manos solidarias.  “Es hermoso poder ayudar, es un granito de arena en el desierto”, concluyó Olga.

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