Biotecnología, oportunidad estratégica
Biotecnología, oportunidad estratégica
Economía
21/01/2004

Biotecnología, oportunidad estratégica

En los años 60 tuvo lugar la llamada Revolución Verde. El Dr. Norman Borlaug, luego Premio Nobel de la Paz, y un grupo de notables fitogenetistas desarrollaron variedades de trigo y arroz que literalmente salvaron a grandes regiones del mundo de una hambruna generalizada. Las plantas enanas de trigo y arroz, así como otras variedades de alto rendimiento, cubrieron las necesidades de millones de agricultores y consumidores de escasos recursos. La Revolución Verde fue mucho más que unas cuantas variedades de semillas, fue todo un proceso planificado de investigación basado en el aprovechamiento de descubrimientos provenientes de centros de investigación agrícola diseminados por todo el mundo. Su gran mérito fue tomar los últimos avances en materia de fitomejoramiento, desarrollados mayormente en los países ricos, y direccionarlos para dar solución a los problemas de los países pobres.

El drama de la falta de alimentos para mantener a una población en constante expansión empezó a ceder frente a una realidad: la agricultura de altos rendimientos era la solución para sustentar a la humanidad y sin afectar la vida silvestre. Dennis T. Avery del Hud-son Institute, autor de “Salvando el planeta con plaguicidas y plásticos”, ha sido quizás uno de los más fervientes impulsores de esta línea de pensamiento, desafiando mitos instalados en la comunidad desde hace décadas: la idealización del primitivismo y el planteo supuestamente antagónico de lo natural frente a la aplicación de la tecnología a la producción.

Ahora bien, si la investigación agrícola no hubiese continuado avanzando, fundamentalmente en el campo de la biotecnología, aquellos logros de la Revolución Verde tal vez no serían suficientes para satisfacer los crecientes requerimientos de los miles de millones de personas que se incorporarán a la población mundial en los próximas décadas. Hoy el desafío consiste, en parte, en aumentar la producción agropecuaria sin expandir en demasía el área cultivada, para lo cual el incremento de los rendimientos por unidad de superficie es condición indispensable. A su vez, esta intensificación de la producción debe ir de la mano de la preservación de los recursos naturales y la biodiversidad de especies.

El Convenio sobre la Diversidad Biológica define la biotecnología como: “toda aplicación tecnológica que utilice sistemas biológicos y organismos vivos o sus derivados para la creación o modificación de productos o procesos para usos específicos”. Interpretada en un sentido más estricto, que considera las nuevas técnicas de ADN, la biología molecular y las aplicaciones tecnológicas reproductivas, la definición abarca una gama de tecnologías diferentes, como la manipulación y transferencia de genes, tipificación del ADN y clonación de plantas y animales.

La biotecnología ofrece instrumentos poderosos para el desarrollo sostenible de la agricultura, la pesca y la actividad forestal, así como de las industrias alimentarias. Puede dar lugar a mayores rendimientos en tierras marginales de países donde actualmente no se pueden cultivar alimentos suficientes. Adicionalmente, existen ya ejemplos de ello, la ingeniería genética presta ayuda para reducir la transmisión de enfermedades humanas y de los animales gracias a nuevas vacunas. Actualmente, la biotecnología se identifica principalmente por sus aplicaciones médicas y agrícolas basadas en el conocimiento acerca del código genético de la vida.

Como bien expresa una declaración de la FAO, aunque hay poca controversia sobre muchos de los aspectos de la biotecnología y su aplicación, los organismos modificados genéticamente han llegado a ser objeto de un debate muy intenso, a veces con gran carga emocional; aunque es justo reconocer que en muchas oportunidades subyace en esos debates la defensa de intereses económicos o de otro tipo.

Las preocupaciones que se tienen en cuanto a la biotecnología se centran fundamentalmente en torno al posible impacto de ésta sobre la salud humana y el medio ambiente. Y, si bien es esencial atender esas preocupaciones, no es posible caer en una “cacería de brujas”, confundiendo a los consumidores y creando -tendenciosamente o sin evidencias científicas serias- la idea de que los alimentos biotecnológicos son “diferentes” de los convencionales o que presentan riesgos ciertos o potenciales.

Al respecto, lo lógico y razonable, como propone FAO, es apoyar un sistema de evaluación de base científica que determine objetivamente los beneficios y riesgos de cada organismo modificado genéticamente. Para ello habrá que adoptar procedimientos prudentes caso por caso para afrontar las preocupaciones legítimas por la bioseguridad de cada producto o proceso antes de su homologación.

En nuestro país, la incorporación de los nuevos cultivos genéticamente modificados, especialmente la soja resistente a glifosato, permitió un notable aumento de la competitividad, en un mercado mundial con precios de commodities en baja y plagado de subsidios y barreras para-arancelarias. Tanto el sector público como el privado acompañaron el desarrollo de la investigación en lo que respecta a la aplicación de la biotecnología en el mejoramiento genético de especies cultivables.

Sin embargo, en los últimos tiempos se produjo una inexplicable demora oficial en la aprobación de ensayos de nuevos eventos, lo cual -de no corregirse a tiempo- podría generar consecuencias negativas, no sólo en el corto sino también en el mediano y largo plazo. Específicamente, los organismos regulatorios que definen la realización de los ensayos no aprobaron la implantación de experimentación a campo. Este detenimiento en la investigación, provoca retrasos en la generación de nuevos eventos que puedan ser utilizados por los productores, afectando la disponibilidad no sólo actual sino de los próximos años, lo que llevaría a un atraso tecnológico para el sector agropecuario.

Argentina no puede darse el lujo de demorar la investigación, ya que otros países, incluido Brasil, prosiguen con los estudios, lo cual les permite seguir en carrera en materia de avances en mejoramiento de especies cultivables.

Estas razones, entre otras, llevaron a que los diferentes actores de la cadena agroalimentaria -productores, acopiadores, empresas manufactureras, laboratorios biotecnológicos, exportadores, bolsas y foros científicos- conformaran el denominado Grupo Biotecnología, visualizando las oportunidades y amenazas que se abren a nuestro país frente a este nuevo desafío. La Bolsa de Comercio de Rosario es partícipe de esta iniciativa y forma parte del conjunto de entidades que integra el Grupo.

Uno de los conceptos que inspiran el emprendimiento es que, para que la Argentina haga de la biotecnología una oportunidad estratégica para su despegue económico, re-sulta imprescindible contar con políticas que fomenten el desarrollo de la investigación aplicada, evitando legislaciones que puedan tener consecuencias negativas para su evolución.

Se nos presenta una oportunidad irrepetible para incrementar la competitividad y contribuir al mejoramiento de la alimentación y salud de la población. Podemos ser precursores en este nuevo campo, aprovechando nuestras fortalezas como productores de ali-mentos (riqueza de los suelos y eficiencia en el proceso productivo).

Para alcanzar estas metas, el uso y la defensa de la biotecnología deben ser considerados política de Estado, impulsando el desarrollo de la investigación local, pública o privada, y estableciendo mecanismos eficientes de regulación, que posibiliten controlar, sin en-torpecer, las actividades de investigación, producción y comercialización de agroalimentos a partir de organismos genéticamente modificados

Fuente: Revista de la Bolsa de Comercio de Rosario Nº1483. En Internet: E-campo.com

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