El dueño del preciado tesoro de los faisanes
Benito Elz, vecinos de Grutly, Santa Fe Crédito: El Cronista Regional
Historias
21/01/2004
aves faisanes Grutly

El dueño del preciado tesoro de los faisanes

Se trata de Benito Elz, un vecino de esta localidad que se dedica desde hace años a cuidar una riqueza natural de belleza única. Las palomas, cotorras, gallinas, patos, entre otras aves, completan su fauna. La pasión de un hobby que llena su vida de colores y trinos inigualables.

Benito nació en la zona rural de Grütly. Junto a su familia siempre estuvo dedicado al tambo hasta que tuvo la posibilidad de incursionar en la función pública como presidente comunal e incluso en otros cargos que ocuparon más de una década en la política. Sin embargo, desde hace unos doce años, se dedica a criar faisanes, esas preciadas aves con colores exóticos y variedades diversas.

Una música compuesta de cantos y ruidos extraños irrumpe la siesta del pueblo, creando un clima especial para un diálogo apto para volar el infinito mundo de las aves. “Siempre me gustó el hobby de tener algún pájaro. La primera yunta de faisanes dorados me la trajo una persona de Esperanza. Ese hombre tenía un cuñado en Humberto Primo y me decía que era un ave hermosa. Tiene los siete colores. La cuestión que me gustaron y así empecé. En ese tiempo estaba en el campo. Unos doce años atrás. El primer año crié 18 pichones del faisán dorado. Me entusiasmé y entonces anduve por Rafaela de donde me traje una yunta de plateado y una de collar. Más tarde conseguí otras variedades como el canela que tengo desde hace un año”.

Benito enumera las variedades de faisanes y agrega el amarillo o el tenebroso. Una recorrida por su patio nos permitió observar su tesoro, quizás no en todo su esplendor, teniendo en cuenta que los faisanes están justamente en la época donde cambian el plumaje. Sin embargo, collares, crestas y colas de fuertes colores contrastan sobre el fondo rústico y oscuro de las jaulas. Dorados, plateados, rojos intensos, amarillos, blancos, son las tonalidades predominantes.

Benito reconoce que la crianza no es difícil. “Les doy de comer alimento balanceado. En cuanto a las crías, uno no tiene una incubadora para los huevos, así que se los damos a las gallinas pininas para que los incuben”.

Cuenta que una vez en un programa televisivo de un canal de Paraná, decían que una hembra ponía hasta unos 50 huevos. “Yo no creía y dudé. Después hablando con otra persona que hace años que anda en esto, me dijo un mes antes de la postura -que empieza en agosto- les de alimento balanceado de ponedoras y algo de verde. Este año probé y observé que pueden poner de 50 a 60 huevos en una sola postura”.

La época de reproducción abarca desde la primavera hasta enero y Benito en la actualidad tiene 50 pichones, más unos 20 faisanes más grandes. Los costos de la yunta de faisanes puede ascender a 200 o 300 pesos, aunque su posterior venta se hace más difícil y los costos caen considerablemente.

Benito recuerda una anécdota que demuestra su valor. “En una oportunidad estuvo una pareja de Sa Pereira que vendía telas y me compraron una yunta de faisán dorado. Les dije que teniendo un tapial y haciendo dos paredes con una puerta y un tejido podían tenerlos. Me pagaron los faisanes pero no se los llevaron inmediatamente. Dijeron que en unos días venían a buscarlos. Resulta que pasaron más de quince días sin noticias de ellos. Hasta que un día me llama la señora y me dice: “No me vendió los faisanes ¿no?”. “Por supuesto que no”, le contesté, porque ya se los había prometido. Pasaron unos días y vinieron a mi casa. Y me dicen: “sabe que pasa, es un bicho tan lindo…un día tiene que ver lo que le hicimos… le construimos un chalet. Y se nos demoró un poco porque hicimos lo que usted nos dijo con albañiles”.

Un mundo de colores

Benito también cría cotorras. “Con las cotorras comencé con unas pocas y me empezó a gustar por los colores que tenían. Después terminamos haciendo una pieza especial para criarlas. Ahora quizás haya unas 200 grandes. Uno saca unos 40 pichones por semana”.

Observar al interior de esa pieza es mirar un mundo de colores. Una belleza propia de la perfección natural. Unos cincuenta o sesenta cajones componen ese vecindario de cotorras sin tristeza ni silencios.

En apariencia no tiene preferencia por ninguna de sus aves sino por todas. Sin embargo, los exóticos faisanes llaman la atención de cualquiera y enamoran a don Benito. “No tengo preferencia por ninguno -dice-. Un tiempo tuve hasta un carpincho. Pero también tenía pavo real. A los dos o tres años, cuando el pavo tiene la primera postura, yo tenía un reloj de cuarzo al que le cambié la pila y la tiré en un cesto con restos de comida. El pavo comió de ahí y a los dos días se murió. Lo abrí y tenía la pila adentro. Estaba azul. Dicen que son muy venenosas las pilas y ahí lo pude comprobar”.

Benito tiene algunas rarezas como las gallinas holandesas, belgas o japonesas y aclara que se trata de un hobby, lejos de una forma de comercialización. “Esas cosas no las hago para beneficio sino para gusto propio. Cuando estoy en casa le dedico todo el tiempo, salvo a la hora de la siesta” dice socarronamente para después reírse y bromear. “A la siesta descanso, salvo algunas excepciones” exclama entre risas, mientras nos sentimos aludidos inmediatamente reconociendo nuestra inoportuna visita.

“Me gusta tener bien a los pájaros. Incluso aves prohibidas no tenemos, sino aquellas para las cuales está permitida la cría en cautiverio” añade más adelante antes de hacer un párrafo aparte para las palomas que también tiene y en gran variedad como las romanas, colipavo, golondrina, cristal, capuchina, entre otras.

Una compañía

Finalmente, Benito relata una experiencia más, que demuestra los sentimientos que expresan los seres humanos hacia los animales y en particular hacia las aves y la reciprocidad de estas para con sus dueños. “Yo tenía un loro chaqueño. A ese loro lo sentían todos los vecinos. Silbaba y cantaba, hasta entonaba la marcha peronista. Tal es así que había venido un comisario nuevo al pueblo y un día me dice: “Vos tenés algún loco en tu casa que pega esos alaridos”. El loro hacía como que arriaba los animales o largaba algún zapucay. Y el único que lo agarraba era yo. Cuando trabajaba muchas horas haciendo cajones de abejas (también se dedicó a eso además de criar canarios y tener ahora una urraca chaqueña), se acercaba y me tiraba del pantalón. Una vez me fui de viaje unos días y la dejé a mi hermana encargada del loro. Cuando volvimos a los cuatro o cinco días, me dice: “mirá, tu loro no habló, está triste, no se que le pasa”. A los pocos días murió. Y unas personas amigas me decían que esas aves están tan aquerenciadas con el patrón que cuando uno falta extrañan. Entonces pienso que murió de tristeza”.

La siesta de un caluroso enero se despide y sólo la sombra de los árboles de su patio atenúa los fuertes rayos de sol. Las incansables cotorras alteran el sosiego pueblerino, conviven con el paso inquieto de los faisanes y la armonía de las palomas. Y alguna pluma vuela al compás del andar de Benito que alimenta día a día su pasión por las aves.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *