Historia de un cosaco
Historia de un cosaco

Historia de un cosaco

Darle forma no es fácil, tantas cosas para contar, tantos caminos recorridos, no es solo un diálogo, son ecos, sombras, luces, genio y sangre de un cosaco.

Sergei Abramenko nació el 25 de septiembre de 1908 en Kiev, capital de Ucrania. Jury, su papá, era un oficial militar. Sergei siempre recordó el último día que lo vio, en 1914. Le llamaron la atención sus botas, con sus manos de niño las acarició. Ucrania fue tomada por Rusia, la abuela le contaba que los rusos lo primero que le quitaban a un soldado muerto, eran las botas.

Vivió junto a su madre, hermanos y abuelos. Sergei se sentía mimado por ser el único descendiente varón de esa familia aristócrata. La propiedad estaba a orillas del río Dniéper donde criaban caballos. Cierta vez, al bajar por las colinas en carro, se desbocaron los caballos y el abuelo de 80 años gritó: “¡Salta, Sergei! Atemorizado quedó quieto, el abuelo saltó, de pie sobre los dos caballos, sujetó las riendas. Luego le dijo “no sirves como cosaco, eres un muchacho frío. Vas a ir a estudiar”.

La segunda guerra mundial estalló. Lo retiraron de la escuela brutalmente y en ese momento comienza a tener ideas muy claras sobre la libertad. Lo incorporaron al ejército enviándolo a la frontera. Era un terrible invierno, cumplía ocho horas dentro de un enorme capot y botas, con fusil y bayoneta, con la sombra del hambre y la injusticia.

Estudiaba la manera de escapar, asfixiado por la angustia pensaba en su familia. Despojados de todos sus bienes, el sueño por la libertad fue más fuerte. El relevo cada día tardaba más en llegar, el silencio se fundía en el helado paisaje. La oscuridad comenzó a absorberlo como una esponja. Plantó el fusil en la nieve y desertó, en una loca y brutal carrera rumbeó donde suponía era Finlandia. La nieve le llegaba a media pierna y perdió el sentido de la orientación. Si se quedaba, moría; si regresaba, lo mataban. Ya no recordaba como vivir sin miedo, miedo al error, a la furia. Miró las estrellas y continuó la marcha. La noción del tiempo se esfumó con el cansancio.

Cuando divisó luces pensó que soñaba. Eran casillas de madera. El fuego surgía como un imán entre hombres armados. Desesperado, casi inconsciente, se acercó. Al verlo de uniforme de oficial ruso, gritaron en otro idioma. Eran soldados finlandeses que le quitaron la ropa y lo colocaron dentro de un canasto de mimbre que usaban para dormir, envuelto en frazada. Le dieron de beber té caliente. Debido al odio por Rusia no devolvían a los desertores, lo cobijaron y cuando estuvo repuesto lo llevaron a picar piedras, mientras tramitaban su pasaporte.

Lo embarcaron rumbo a Brasil. En el barco se ocupaba de la limpieza. Era todavía un muchacho cuando al llegar lo sorprendió el calor. No lo conocía, se sentía mal. Buscó la manera de alejarse en busca de clima frío y llegó a Uruguay. Compartiendo habitación con hombres de distintas nacionalidades, apoyado en su inteligencia y memoria luchó por aprender distintos idiomas. Fue a trabajar al campo en la cosecha de maíz, con manos lastimadas y como único alimento: pan, picadillo y mates. Recordaba el sótano de su casa con bordelesas de chucrut, licores y manjares caseros. Poco a poco fue haciéndose matero.

Siguiendo rutas como cosechero de maíz llegó a Buenos Aires. Estuvo un tiempo y siguió hacia el sur. La Patagonia lo cautivó, encontró un grupo de europeos y se unió a ellos. Por la cordillera necesitaban obreros para abrir las montañas. Manipuló explosivos y cargó vagonetas con piedras. Morían muchos. Allí comenzó a tratar con los aborígenes, trabajando juntos. Visitó las tolderías. Conoció a María Ester y de esa unión nacieron cuatro hijos. En Maitén nació Sergio, Olga en Esquel y Jorge en Ingeniero Jacobacci. Trabajó en el ferrocarril y por no aceptar afiliarse al partido Justicialista, quedó sin trabajo. Contratado como pontonero, trabajó en la construcción de puentes, caminos y alcantarillas, recorriendo provincias. En Monte Quemado nació Elena, su cuarta hija.

En 1948 llegó a Laguna Paiva, contratado para la construcción de almacenes en los talleres ferroviarios y viviendas en Villa Obrera. En 1961 viajó a Formosa para construir un puente en Puerto Vela, sobre el río Bermejo. Fue el último río que nadó quien fue un eximio nadador. Se instaló en Villa Talleres de Laguna Paiva, en una casa de calle Salta (llamada la calle de los polacos porque en ella habitaban inmigrantes europeos).

Falleció en 1987, amando a esta patria que le dio todo: paz y también una familia. Cada vez que viajaba a trabajar lo hacía con su familia, nunca se alejó de ella. Al caer el muro de Berlín, la única hermana que quedaba viva logró comunicarse con sus descendientes. Era 1993.

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