Palabras más…¿Palabras menos?
Fuente:
Cultura
21/01/2004

Palabras más…¿Palabras menos?

De acuerdo a la Biblia: «En el principio fue la palabra». De acuerdo al Talmud: «Dios creó el mundo a través de una Palabra, sin esfuerzo ni dolor». Más allá del significado místico que estas escrituras puedan tener, ambas señalan la supremacía del lenguaje en la forma en que los humanos concebimos el mundo. (Widdowson, H.G.; 1996).

Usamos palabras diariamente, en forma casi continua. Saludamos, preguntamos, contamos, cantamos, mentimos, llamamos. La palabra acompaña cada uno de los pequeños o grandes actos de nuestras vidas. Hasta nuestras más recónditas emociones parecen traducirse en palabras (aunque algunos teóricos postulen que el pensamiento no es lingüístico). ¿Será tal vez por su cotidianeidad que la palabra pasa desapercibida?

Desarrollamos a través de ella diferentes funciones, la adornamos a veces y otras veces la sometemos a desnuda crudeza, la acompañamos de gestos y miradas, la hacemos elevarse por sobre sus congéneres y en otras oportunidades elegimos guardarla en nuestra intimidad, le otorgamos la forma de nuestras intenciones ¿O acaso hablamos igual cuando queremos convencer que cuando queremos dominar, excusarnos, desafiar, revelar u ocultar?

Sin embargo, ¿Cuántos segundos de consciente reflexión son necesarios para ajustar nuestras palabras al lugar, al tiempo, a la situación y a quien nos escucha? Es probable que ninguno de nosotros alguna vez haya actuado sobre la palabra como actuamos sobre cualquier materia prima que queremos moldear para satisfacernos: con los planos o las recetas a mano, invirtiendo tiempo y esfuerzo. De alguna forma mágica (tal vez genérica, tal vez adquirida) parece que poseemos la capacidad de aprender no sólo palabras, sino también como usarlas. El pensar y el actuar sobre la palabra (o con ella) es comúnmente visto como el exclusivo dominio de lingüistas y poetas, con fortuna compartido por docentes de Lengua o Literatura.

Es difícil visualizar la inmensidad de algo tan cotidiano. Aún así, ¿Porqué negarnos la oportunidad de un acercamiento al fenómeno que nos distingue como especie? La palabra nos acompaña desde el arrorró que oímos en la cuna, hasta el perdón de los pecados en la unción de los enfermos. No solo acompaña los momentos importantes de nuestras vidas, sino que es protagonista. En innumerables ocasiones nuestra capacidad de usarla efectivamente es el puente hacia el éxito, hacia el aprobado en el examen o el puesto de trabajo que anhelamos. En similares instancias, una elección infeliz en cuanto a la palabra a emplear puede marcar el camino del fracaso. Es innegable que la palabra es también una forma de medir a las personas. ¿Cuántas veces hablamos de palabras vulgares, «rebuscadas», «fuera de lugar», ridículas»; o palabras dulces, «positivas», «respetuosas»? ¿Es tan fácil desprender a la palabra de quien la dijo y no formarnos una impresión (positiva o negativa) a partir de lo que escuchamos?

Si nos resulta posible al menos vislumbrar la trascendencia de nuestras palabras, sería interesante comenzar a dedicarles algo de cuidado y atención. Todos, y esencialmente quienes somos padres y docentes, deberíamos reflexionar sobre la imagen que irradiamos a partir de nuestro discurso y analizar nuestras posturas frente al decir de los demás. Es indudable que el éxito en las relaciones humanas depende en gran parte de la elección de nuestras palabras y de nuestra capacidad para alcanzar el significado apropiado de las ajenas. La competencia comunicativa (precisamente esta habilidad de entender y hacernos entender) debe no solo ser la preocupación de especialistas, sino de todos quienes somos referentes en nuestras pequeñas comunidades familiares y escolares.

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