Segundo hogar: la escuela de Sarmiento
Fuente: www1.hcdn.gov.ar

Segundo hogar: la escuela de Sarmiento

Con los ojos lagañosos, sentada en la cama, Natalí replicó a los reproches de su mamá (porque demoraba en levantarse) diciendo que no quería desayunar.

– Pero ¿cómo vas a ir a la escuela sin comer nada?. Después te va a agarrar hambre—le dijo Cynthia, al borde del hartazgo, a su hija de siete años.

La miró desde la espesa cortina que formaba el flequillo mientras se abrochaba el delantal y levantó los hombros en esa actitud despectiva y exagerada que repiten los chicos para luego responder:

– Y ¿qué?, si total hay otros nenes a los que le dan la leche y masitas…

Luego Lucila, un año menor, corroboró los datos arrojados por su hermana. Cynthia decidió clausurar la conversación con un democrático “Ni se les ocurra pedir de comer” y apuró la salida de todas. Después, en el transcurso de la mañana, volvió a reparar en el diálogo.

Sus hijas iban a primero y segundo año de EGB. La escuela Nº 1 Domingo Faustino Sarmiento está ubicada en pleno centro de la ciudad de Santa Fe, a tres cuadras de la peatonal y frente a la plaza San Martín, en cuyo centro se erige gloriosa la estatua del prócer sobre su caballo y un mástil que sostiene la ondulante celeste y blanca. Es uno de los establecimientos educativos mejor conceptuados y su población de alumnos se caracterizó siempre por pertenecer a sectores medios y medio- altos de la sociedad (la legislación de la ciudad exige que los chicos asistan a las escuelas de sus barrios).

Aunque los datos oficiales permanezcan tozuda y negligentemente sin actualización, estadísticas realizadas por otros organismos afirman que los problemas de nutrición alcanzan a más de la mitad de los niños de nuestro país. Esto significa que la tradicional división entre centro y periferia dentro de una ciudad, se encuentra hoy en día modificada sea porque los dominios de la otrora “periferia” se han ampliado o porque determinados problemas que antes no afectaban al “centro” hoy sí lo hacen.

Las escuelas de los barrios más pobres o marginales tienen ya una larga y triste práctica en lidiar con los problemas de la pobreza: chicos que faltan a clase porque tienen que trabajar, hermanos que se turnan para asistir a la escuela porque cuentan con un sólo par de calzado, problemas de atención y conducta producto de la mala alimentación. Pero hasta hace relativamente poco tiempo, los establecimientos educativos del centro de la ciudad no tenían que enfrentarse cotidianamente a cuestiones como éstas. La crisis económica que se aceleró en nuestro país desde fines del año 2001 -cuando el presidente De La Rúa tuvo que huir en helicóptero- ha producido un serio deterioro de los sectores medios de la sociedad. Los productos básicos de consumo alimenticio han prácticamente triplicado su costo mientras que los sueldos en general se han mantenido estables (cuando no disminuyeron).

Cuando Cynthia volvió a mediodía a retirar a sus hijas de la escuela, se detuvo para hablar con una maestra acerca del incidente matutino. Pudo enterarse que sólo en el salón de Natalí habían tenido problemas de atención con tres chicos; cuando los docentes indagaron sobre las causas, se encontraron con que esos chicos tenían hambre, “¿Desayunar?. No, en casa hace mucho que no…”.

Por Marina Ramayo y Pilar Guala.

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