Semana Trágica
Semana Trágica
Opinión
21 de enero de 2004
judíos Semana Trágica Vasena

Semana Trágica

El año 1919 comenzó como comienza siempre en estas latitudes, con altas temperaturas; los periódicos reflejaban en sus primeras planas la noticia del casamiento del cómico Florencio Parravicini y describían el discreto encanto de las clases acomodadas en los balnearios de Mar del Plata, pujante sitio de veraneo que surgía por esos años. Luego del conflicto bélico que había finalizado en noviembre del año anterior -la Gran Guerra Europea- con la creación de la Sociedad de las Naciones, todo parecía indicar un promisorio futuro de convivencia pacífica. Aún se creía que había sido “la guerra que acabaría con todas las guerras”.

La jornada del 3 de enero de 1919 fue agitada en Buenos Aires. Los trabajadores de los talleres metalúrgicos Vasena declararon una huelga general reclamando la vigencia de las 8 horas de labor, mejoras en los salarios y condiciones de seguridad para evitar accidentes. Por su parte, Pedro Vasena (ascendiente de quien luego sería ministro en la época de Onganía), respondió como era de esperar y asumiendo definidamente su rol de gran empresario: replicó con intransigencia al sencillo pliego de los obreros agrupados en los sindicatos, contrató fuerza de trabajo servil (los crumiros) y convocó a la policía.

Gobernaba el país H. Irigoyen, a quien los grupos privilegiados criticaban agriamente por su complacencia hacia los sindicatos y las fuerzas obreras. En Rusia, los socialistas revolucionarios, los anarquistas y los bolcheviques habían derrocado a Kerenski y la revolución parecía afianzarse a pesar del esfuerzo combinado de blancos zaristas e intervencionistas por ahogarla en sangre. El temor de las elites adineradas iba en aumento y lo que llamaban la ola “maximalista” era ya según ellos una marea incontenible que no respetaba fronteras. Los sucesos de Alemania (la revolución espartaquista, el asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht) y de Hungría parecían aseverar la idea de que la revolución mundial revolucionaria actuaba con rapidez y precisión.

El lúcido testimonio de los hechos puede aportarnos valiosos datos para dimensionar la magnitud de las jornadas de enero de 1919 que pasaron a la historia como la Semana Trágica. Todo comenzó con el conflicto de los talleres Vasena. Los obreros demandaban el respeto a la jornada de 8 horas y también condiciones dignas de trabajo. Los salarios eran muy bajos. Vasena reaccionó con la violencia como respuesta. A raíz de esto, y en solidaridad, la FORA (Federación Obrera Regional Argentina) y la UGT (Unión General de Trabajadores) declararon la huelga general. Se generaron escaramuzas con la policía y la consiguiente respuesta de los obreros que la enfrentaron. No era ésta la primera ocasión en que las calles de la capital porteña se teñían de sangre, ya que en años anteriores -particularmente durante los días previos al Centenario de la Revolución de Mayo- una policía brava educada en las concepciones autoritarias de Ramón Falcón descargaba toda su furia sobre los sectores populares. Sin embargo, desde comienzos de siglo no se presenciaba una movilización obrera como la desplegada iniciado el conflicto en los talleres Vasena.

Según diarios de la época, el 8 de enero se contabilizaron en Puente Alsina 5 muertos y 30 heridos. La Razón en su crónica detallaba: “El primer choque se produjo al mediodía del viernes 3 de enero… un grupo de huelguistas cerró el paso a un camión de Vasena e Hijos, que llevaba materiales a la planta… como actuaron a su favor los vigilantes del escuadrón que custodiaba el convoy, los huelguistas los llamaron ‘cosacos’ y los agentes policiales abrieron fuego contra ellos”. Las acciones se aceleraron confusamente y durante toda la tarde hubo piquetes en las puertas de la fábrica para impedir la entrada de rompehuelgas y se sumó a esto el hecho que los obreros en conflicto apedrearan a las chatas, efectuaran disparos e hicieran barricadas.

El sábado 4 hubo duros enfrentamientos entre los obreros y la caballería policial. La Sociedad de Resistencia de Marítimos había paralizado el puerto y los cronistas de los medios de prensa escuchaban azorados a obreros que cantaban “La Internacional”, el himno proletario. Los periódicos del domingo registraban la alarma: “la huelga se tornaba en guerra civil”. El diputado socialista Mario Bravo en su discurso frente a la Cámara caracterizó a los hechos como “un verdadero fusilamiento colectivo”. La carga de los escuadrones había sido feroz y desproporcionada.

Otro testigo de los acontecimientos, Humberto Correale -militante anarquista de la FORA- era en esos días cronista de La Protesta. Su testimonio señala que “luego de la masacre vino una violenta represión. En cualquier barrio se originaban tiroteos. Yo hice una recorrida por la Boca y ví que la gente había levantado los adoquines de la calle Alte. Brown y desde una barricada respondían con piedras a las balas de la policía. Los cosacos arremetían con los caballos a sablazo limpio”. En tanto, los directivos de Vasena reclamaban la intervención del gobierno y Manuel Carlés reclutaba en el Círculo Naval las llamadas “guardias blancas”, que con la colaboración del vicealmirante Domecq García, Atilio Delloro Maini -también luego ministro, pero éste de la Revolución Libertadora- y Monseñor D´Andrea, formaron grupos de choque que salieron a “cazar obreros rojos y judíos”. La ofensiva de esos grupos y bandas paramilitares se orientó al incendio de bibliotecas y locales socialistas y anarquistas, pero especialmente hacia todo aquello que tuviera algún tufillo a judío (por ejemplo, la Biblioteca Rusa).

La reacción patronal era, simultáneamente, racista y clasista. Clasista porque atacaba a los sectores populares; racista porque era antisemita. Se hacía un silogismo muy simple y convincente: judío = ruso = maximalista (revolucionario en la jerga de la época). La derecha nativa afirmaba que “la nueva generación ha salido a la calle a defender nuestras tradiciones”, olvidándose por desconocimiento quizá o adrede que muchos de sus antepasados habían sido judíos portugueses huidos de la Inquisición en los siglos XVI-XVII.

La ciudad de Buenos Aires, ocupada militarmente por las tropas del general Dellepiane, paralizada por la huelga obrera y con una temperatura de 38º fue mudo testigo del cortejo fúnebre de muchísimos ataúdes que desfilaron hacia el cementerio de La Chacarita cubiertos de banderas rojas, llevadas a pulso por una multitud; para las clases dominantes tamaña manifestación era una nueva afrenta que no se podía perdonar, y aquel luctuoso acompañamiento fue atacado a balazos desde la terraza de la Iglesia de Jesús Sacramentado, con el consiguiente saldo de numerosas víctimas fatales.

Pinie Wald -un simple obrero de origen judío, afiliado a la organización socialdemócrata Bund-, detenido en el barrio de Almagro, fue acusado de ser el presidente del soviet argentino; un italiano, secuestrado en la Boca, de ser el jefe militar. Luego de ser brutalmente apaleados, fueron liberados porque, en realidad, no había pruebas contra ellos. Mientras tanto, se habían quemado la famosa biblioteca rusa -un ámbito de la cultura que no se volvería a recuperar-, la imprenta del periódico Avangard (Adelante, de los judíos socialistas), muchos locales sindicales y clubes obreros, así como numerosas propiedades. Puede considerarse a esos días como el primer “pogrom” que se produjo en nuestro país.

Las jornadas de enero de 1919 (la Semana Trágica) produjeron además de un trágico saldo de muertos y heridos una agitación política y social que sin dudas se destaca en la historia argentina por la claridad con que se enfrentaron dos visiones del mundo antagónicas. Por un lado, el reclamo por vivir en libertad, con justicia social, sin miserias ni ignorancia; por otra parte el oscurantismo clerical, la intolerancia y el racismo, la violencia engendrando mas violencia. Cuando el hambre atenaza y la esperanza de una vida justa y digna se oscurece, los corazones tiemblan de rabia y hombres y mujeres ponen en funcionamiento mecanismos que ellos mismos desconocían hasta un instante antes. Sucede que la toma de conciencia de situaciones no se va dando paulatinamente, sino a saltos -al galope-, y son el resultado de una construcción que se corporiza en determinados momentos de la vida social, “… cuando los de abajo ya no quieren vivir como antes…”

Rescatamos del olvido estos hechos pues nos parece muy importante que las jóvenes generaciones conozcan el pasado para construir un futuro mejor. El ocultamiento de la verdadera historia es una estrategia que persigue fines detestables, como son los de construir un panteón de héroes falsos, glorificar personajes mediocres y justificar actitudes abominables tomadas. Por su parte, la memoria popular late como la sangre bulle en nuestras venas, afirmando la vida. Por eso, vale la pena que recordemos la Semana Trágica de 1919, la Patagonia Rebelde y tantas otras jornadas obreras (las huelgas ferroviarias del ´61, la toma del Frigorífico Lisandro de la Torre, el Cordobazo) que fueron salvajemente reprimidas, los 30.000 hermanos desaparecidos: para que NUNCA MÁS se repitan.

De allí nuestro recuerdo también para las víctimas de la represión producida durante el “argentinazo” de diciembre del 2001, los chicos del Puente Avellaneda -Kosteki y Santillán-, los innumerables casos de “gatillo fácil”, la voladura de la AMIA, la Embajada de Israel y Río Tercero, los infames crímenes de Cabezas, Carrasco, María Soledad y las chicas de Santiago del Estero, los mas de 3000 procesados en la actualidad por participar de distintos reclamos sociales.

Si la Semana Trágica es una mancha negra en nuestra historia, donde el Estado jugó un rol determinante a favor de las clases privilegiadas, es hora de que nosotros -el pueblo- dejemos de ser comparsa para ser verdaderos protagonistas de la Historia y tomar el destino en nuestras manos. Nuestra lucha desde la memoria, como la del resto del pueblo argentino, es por la justicia y la verdad, contra la impunidad y por la construcción de una sociedad donde todas y todos tengamos cabida, donde trabajar, ir a la escuela, asistir a un hospital, tener un plato de comida caliente y un techo abrigado no sean privilegio de algunos, sino patrimonio inalienable de todos, en una sociedad de verdadera democracia, justicia y dignidad.

Autores: Daniel Moisés Silber y Marcelo Horestein.

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