Un mundo de cerámica
Héctor Raúl Dallosto es artesano y con tiene particularidad: ensoñación y pulso firme. Despierta admiración frente a un desorden natural de elementos dispersos creados por los alumnos, produciendo con emoción, con movimientos suaves. Preguntando y escuchando, observo como de un trozo de arcilla se forma la pieza lentamente, amasando centímetro a centímetro. Es una artesanía íntegramente a mano, no se utilizan tonos ni moldes, es un trabajo de paciencia. Al terminar la pieza se necesita hornearlas seis horas y dos días para enfriarse.
“Ver una pieza terminada es una satisfacción personal -comenta Héctor- entran en juego las emociones, muchos alumnos vienen por prescripción médica, es relajante manejar la arcilla, improvisar expresando con las manos, cuando los alumnos sonríen y dicen que no ven la hora de venir al curso. Eso no tiene precio para mi”.
Dallosto es técnico químico. Mientras trabajaba en San Nicolás se enamoró de este arte que estudió junto a la escultura, gastaba todo el sueldo en el estudio y materiales, expuso en ferias, compitió en talleres de escultura de Brasil y obtuvo un primer premio nacional de artistas plásticos en San Nicolás y en otra ocasión la primer mención especial.
Por circunstancias de la vida y al privatizarse la empresa en que trabajaba debió renunciar y se dedicó de lleno a la cerámica. En una enorme casa con cuatro hornos y diez empleados, trabajaba catorce horas por día para cumplir con la inmensa cantidad de pedidos que llegaban de todo el país. Cuando llegó la importación no pudo competir con la mercadería que llegaba de afuera. Con dolor veía los estantes llenos de piezas sin vender y sus deudas crecían. Debió cerrar, malvender sus obras y hornos, volvió a Laguna Paiva a fines del ‘94. Comenzó a dar clases en la vecinal Villa Rosario; a fines de ese año realizó la primera exposición y tomó la iniciativa de tratar con la Municipalidad.
Hace ocho años da clases en la estación ferroviaria, es un curso particular dentro del ambiente municipal, con alumnos de 5 a 80 años, sin discriminación en capacidades. Durante dos años dictó clases en la escuela Sendero de Amor donde se requiere más atención en enseñar, “pero es sumamente tierno hacerlo”. En diciembre realiza la exposición con los trabajos hechos por todos los alumnos. Entonces siente que su trabajo adquiere sentido y que el amor que deposita en el arte de la cerámica da sus frutos y su felicidad radica en los muchos amigos que ha logrado.