Buscando la luz
Dice que hay trabajo pero que hace falta capacitación. Que no hay dinero en la calle, que predomina la violencia y que la gente es impulsiva. Que los funcionarios no tienen decisión política para revertir la realidad. No habla un politólogo ni un sociólogo. No habla un tecnócrata de la economía ni un dirigente opositor. Son conclusiones de un limpiavidrios. Tiene 23 años y sabe de la miseria, del desamparo y de la injusticia social.
En 3 de Febrero y Mendoza hay una banda, parafraseando a los pibes. Ellos mismos calculan que entre esa esquina y la del Palomar hay alrededor de 17 o 20 chicos. El escenario es similar. Avenida doble mano, mucho tráfico y un cantero central apenas disimulado por una franja de pintura. A un lado el Correo Central, una estación de servicio, la playa del SES y algunas playas de estacionamiento particulares. Sol a pleno y asfalto recalcitrante. En ese espacio van y vienen unos seis limpiavidrios.
Omar tiene 23 años. Vive en el Fonavi, al sur de la ciudad. Con su compañera mantienen a tres nenas. Es un poco mayor que el resto y de algún modo es el referente. La necesidad de contar aflora de inmediato. “Esto es una búsqueda. No es una salida laboral, con esto changueamos. Algunas veces salen changas de bajar materiales, de pintar, de hacer distinto tipo de changas. Pero esto no es vida. Esto es una discriminación” dice mientras hilvanas algunas ideas sueltas. “Muchos por temor no dan nada. Cuesta mucho. A mi edad no me gustaría vivir toda la vida de esto. Me gustaría tener otra cosa”. Otra vez, el deseo que se expresa desde un joven desempleado y se convierte en un grito de muchos.
Omar se siente lógicamente insatisfecho. Ha tenido trabajos formales gracias a su título secundario, aunque hace tres años que limpia vidrios en esa esquina. “Estoy apechugándola. Trabajé como canillita mucho tiempo y cuando veía que la cosa estaba difícil largaba y venía acá. Lo que están pagando también es una miseria. Uno cree que le pueden pagar más pero no hay plata”.
Un código
Charlamos a la sombra de un árbol en una de las playas de estacionamiento de 3 de Febrero. A medida que transcurre el diálogo, comienzan a acercarse el resto de los pibes. Algunos juegan, los más chicos, hacen cargadas. Los más grandes sólo escuchan, y de vez en cuando meten un bocado. Pero habla Omar, interpretando quizás el sentir del grupo.
“La gente tiene mucho temor porque son muchos chicos y no solamente de Santa Fe, sino también de Alto Verde, de la Guardia. Hay un chico que viene todos los días de la Guardia para hacerse unas monedas. Mucha gente tiene miedo que le roben. Por ahora nadie se pasó de listo. Nosotros mantenemos ese código de no robar porque nos afecta a todos. Muchas veces nos saca la policía porque estamos acá hasta las 10 o 12 de la noche. A la noche inclusive vas a ver chicos menores de edad, chicos de 4 o 5 años pidiendo monedas”. Omar plantea un diagnóstico irrefutable desde la propia calle. “Esto muestra lo que está pasando en la calle. La realidad, no hay un mango. La gente quiere que trabajemos pero no nos dan. Y ya no hay más semáforos vacíos”.
Recuerda los comienzos de esta forma de tener unas monedas sin que se trate de una burda limosna. “Antes cuando veníamos eran pocos chicos. En el Palomar, hacíamos dos turnos, tres a la mañana y tres a la tarde. Ahora es por demás la cantidad de chicos. Cada uno tiene que tirar para su lado, porque hay muchos chicos y la mayoría tienen hijos. No se hace una vaquita para todos. Ahora la pelea cada uno por su lado. Puede ser que cuando se agarra una changa grande si vaya todo al montón”. Eso significa descargar garrafas, papeles, lijar, pintar, entre alguna que otra propuesta de trabajo temporario que ofrece algún buen hombre.
La discriminación
Omar está desde las 7 de la mañana hasta que cae la noche. “Todo el día y hace tres años” dice y se defiende. “Se lo que es trabajar -asegura- trabajé en supermercados y tuve la mala suerte de que nunca me renovaron un contrato… pero bueno no pierdo las esperanzas…”.
Casi sin interrogantes, pone al desnudo sus sentimientos. “Me duele mucho en el alma hacer esto pero es la única forma de llevarse unos billetes a casa. La gente es muy discriminatoria. La gente discrimina mucho porque a veces dicen ‘que me van a limpiar el vidrio, hay que eliminar a todos los negros’. A veces ocurren accidentes. La misma gente te manda el auto encima como diciendo ‘no quiero’. Hay gente que nos trata bien. Nos tiran alguna ayuda, incluso a veces ropa. Hay pero hay pocas, es la minoría. Hay gente que es muy impulsiva, muy agresiva verbalmente, entonces cuando uno le contesta es cuando llaman a la comisaría y viene la policía y nos reprende. La gente es muy agresiva, muy agresiva, está todo muy loco, estamos todos muy locos” sentencia.
Sorprende: un chico que limpia vidrios, no emplea ningún concepto técnico ni un neologismo ni nada complejo para explicar una realidad concreta. Un claro diagnóstico de la histeria colectiva actual.
“Positivo no podes recoger nada porque esto es miseria. Acá se ve miseria -dice indignado- los pibes que andan hasta largas horas de la noche. No hay nada positivo, esto es una miseria, lo negativo de lo que pasa, las promesas que no cumplen los políticos. Todos dicen vamos a dar trabajo y todos tenemos 19 o 20 años y todavía no agarraron una pala. Nadie es capaz de decirnos ‘vengan a trabajar'”. No hace falta decir otra cosa.
Omar es maduro. Piensa en su familia, agradece sin decirlo y es comprensivo de esa realidad que deriva de la pobreza. “En mi casa gracias a Dios tengo la ayuda de mi suegros y mis viejos. Con mis changas aporto para comer. Tengo el apoyo que no tienen muchos chicos que vienen acá. Porque si tuvieran el apoyo de sus padres no vendrían tantos chiquitos. Hay desprotección, pero también como no tienen capacitación (los padres) mandan a los pibes para salir a laburar”.
Al lado de Omar está Martín, 16 años, del barrio Pompeya. Tiene una remera de rock. Iba a la noche a la escuela pero ahora dejó. Escuchó toda la conversación y apenas abrió la boca. Al lado tengo a un pibe de cinco años. Flaquito. También están Darío y su cuñado. Más allá dos o tres pibes más, que juegan y se cargan. Omar retoma la palabra y denuncia otra cruda realidad. “El no va a trabajar para mi y yo no voy a trabajar para él. Y cuando se come se comparte todo. Estar acá no es lindo”. Y surge de nuevo por un momento, la política como tema. “Siempre son lo mismo los políticos. Hay trabajo, también a veces uno quiere la fácil -admite- pero hay trabajo. Me inscribí en supermercados, en carnicerías y lamentablemente no tuve suerte. Mi perspectiva es progresar”.
Omar agradece y sigue limpiando vidrios. Los demás se desparraman también entre los autos. Todo sigue como antes, pero en sus rostros hay una mueca de alivio.