Pequeños trabajadores
En 1959 la Declaración Universal de los Derechos del Niño estableció que “los niños deben ser protegidos contra toda forma de abandono, crueldad y explotación”. Hoy, 39 años después, la realidad contrasta enormemente con los principios enunciados en aquel documento.
El derecho a un normal y saludable desarrollo físico, mental y moral es abiertamente ignorado con respecto a los niños que trabajan.
Sometidos a un verdadero régimen de esclavitud en algunos casos o intercambiados como mercancía por sus familias en otros, los niños soportan largas jornadas de trabajo en condiciones muchas veces deplorables.
Según dicho informe, el problema adquiere mayores dimensiones en el continente africano, donde un 26% de los niños son explotados en el mercado laboral. Los menores trabajadores representan el 13% en Asia y el 9,8% en América Latina.
Si se consideran los países en forma aislada, la situación más grave se da en Burundi, Uganda y Níger, donde la proporción roza el 50 %.
En América del Sur, el país con mayor cantidad de niños trabajadores es Brasil, con un 16%. En la Argentina, la explotación infantil afecta a 4,5% de los niños entre 10 y 14 años.
Niños desprotegidos
La mayor parte de los niños trabajan como jornaleros en explotaciones agrícolas ajenas. En determinados lugares, los empleadores sólo contratan a los adultos bajo la condición de que sus hijos también contribuyan en las tareas.
De esta forma, los menores se ven obligados a trabajar tan arduamente como sus padres para asegurar la supervivencia de la familia. Según la OIT, la contribución promedio de los niños a los ingresos familiares es del 24 %.
Además, el manejo de elementos cortantes, la utilización de equipo motorizado y el contacto con sustancias químicas tóxicas los expone a peligros que frecuentemente ocasionan serios accidentes.
En las ciudades, la mayor demanda de trabajo infantil corresponde al sector de la industria manufacturera, sobre todo, los pequeños talleres. En las fábricas de ladrillos, los chicos deben cargar grandes pesos que les producen lesiones y debilitamiento.
Los que tejen alfombras sufren graves deterioros en la vista debido a la mala iluminación, así como deformaciones en la espalda por mantener la misma postura durante largas horas.
En las fábricas de lápices, los niños están expuestos constantemente al polvo de pizarra que afecta sus pulmones, llevándolos muchas veces a la muerte.
En el caso de las niñas, resulta muy difícil determinar con exactitud cuál es su situación, ya que suelen trabajar en casas de familia como empleadas domésticas.
Según la investigación realizada por la OIT, las menores cumplen horarios aún más exigentes y no suelen contar con días fijos de descanso. Por lo general, sufren de desnutrición, dado que no se les permite comer lo mismo que la familia para la que trabajan, aún cuando se encarguen de cocinarlo. Tampoco disponen de cama, sino que duermen en el piso de la cocina.
En muchas ocasiones, el trabajo de los niños es la forma de saldar una deuda familiar. Otras veces, son vendidos como si se tratara de una simple mercancía. Cuando la transacción no se efectúa directamente con el empleador, sino con un intermediario, los hijos son casi siempre alejados de su padres, a los que nunca vuelven a ver.
Cómo protegerlos
Hasta hoy, sólo 49 de los 173 miembros de la OIT han ratificado el Convenio de este organismo sobre la edad mínima para trabajar. Entre ellos no figura ningún país de Asia, en donde viven más de la mitad de los niños trabajadores -44 millones-.
Los países comprometidos en la lucha por la erradicación del trabajo infantil han adoptado una serie de medidas para alcanzar tal objetivo. Por ejemplo, la política de los incentivos negativos que implementaron la Unión Europea y los Estados Unidos. Esta consiste en supeditar los intercambios comerciales a la mejora de las condiciones de trabajo y la reducción del empleo infantil. En algunos grandes almacenes de Europa, se decidió no vender ciertos productos importados a no ser que se certifique que no han intervenido niños en su confección.
Otros tipos de medidas implementadas son la entrega de útiles, alimentos y becas para fomentar la asistencia escolar y las actividades infantiles que combinan el aprendizaje con la generación de ingresos -“trabajo seguro”-.
Los niños son seres vulnerables que requieren de especial protección. Cuando ésta no les es dada, se les niega su derecho a la infancia. Los menores explotados en el trabajo no tienen la oportunidad de ser niños. Tanto en las plantaciones de Kenia, como en los talleres de Tailandia o en los hornos de carbón de Brasil, los pequeños se ven obligados a crecer antes del tiempo esperable.
La humanidad no debe tolerar esta situación. Permitirlo es cerrar las puertas a un futuro mejor.