Casco azul y santafesino
Cascos Azules, símbolo de paz Crédito: un.org

Casco azul y santafesino

A esta página la escribo frente a una madre con los ojos llorosos, con más dulzura que tristeza exhibe sus tesoros, fotos que muestran el crecer de sus hijos. Cada uno ya ha formado su familia. Silvana se encuentra en Fray Luis Beltrán, mientras que Adrián y Raúl tienen su lugar de residencia en Paraná.

Selva Del Huerto Dellavitta desearía detener el tiempo en esos rostros infantiles que sonríen desde la fotografía. Pero el tiempo ha pasado y ellos están donde eligieron. Junto a las fotos tiene un manojo de cartas, una bandera de Naciones Unidas, un poema al soldado, certificado de reconocimiento al más alto promedio firmado por el coronel Héctor Repetto.

Raúl Alberto Ramón fue distinguido en integrar el cuadro de honor de la Agrupación Aspirante a Mecánico de Radar, con el grado de dragoneante en 1988/89. Es el mayor de los tres hijos de Selva, tiene 32 años… “Aún está fresco en mi memoria aquel día, cuando me dijo que deseaba ser militar, era su vocación de alma y lo entendí. El aval para su ingreso a la Escuela de los Servicios para Apoyo de Combate ESPAC General Lemos, de Campo de Mayo, lo firmó el teniente coronel Antonio Vicario. Para cumplir con Raúl tuve que afrontar mis miedos a viajar al Gran Buenos Aires – comenta Selva – mis hermanos me acompañaron. Hoy, su cargo es de sargento 1º de Ejército Mecánico en Radar. Ha visto mucho, no quiso hablar de la guerra, solo se que está lejos y no se borrará de mi mente aquel niño que fue y mi orgullo de hoy”.

Su primer destino fue Mar del Plata, en 1991 se casó con María Elisa quien en la actualidad ocupa el cargo de teniente jefa de sala del Hospital Militar de Paraná. En 1994, Raúl tuvo la posibilidad de viajar a Croacia. A los tres meses de estar allá, nació su hijo Marcos Germán y el deseo de tenerlo en sus brazos fue acariciado por lágrimas y melancólicas imágenes de su patria, bajo un cielo distinto. Años después nació Victoria Soledad, su hija. En 1998 estuvo en Chipre, su tarea fue de conductor del sacerdote, llevando alimentos para el cuerpo y espíritu de los pobladores. Recientemente, en octubre de 2002 viajó a Kuwait donde se encuentra actualmente. El día de la madre, gracias a las computadoras y al doctor Juan C. Langhi, que permitió su correo para comunicarlos rápidamente, Selva recibió vía e-mail una embriaguez fundida en letras, con besos y abrazos invisibles y con un “Feliz Día de la Madre”, Raúl agregó: “Hacemos un esfuerzo importante para dejar bien parado el prestigio en estas misiones de paz del ejército y poder contribuir un poco en el país”.

Selva siguió recordando: “Vos sabés entender esta angustia de madre…”; nos miramos en silencio, un suspiro nos une. Poseidón se estremece entre espumas de mar y murmullos de olas, cuan susurros y gemidos de millones de madres en un solo deseo, que estén calmas las aguas. El tic-tac del reloj me regresa a la tierra, los ojos de Selva siguen perdidos en la tremenda lejanía del tiempo y espacio, más allá de vientos y océanos, un corazón de madre saltando la línea del horizonte.

Pasó en estos días una nueva Navidad, acariciando esperanzas de paz en una actualidad excedida de ambiciones, la maravilla y el misterio de esta celebración cobra mayor significación que nunca. Siempre hubo guerras y ausencias que en la Noche Buena se notan más y no todos los niños del mundo reciben regalos, quedan pocos ánimos para disfrutar de una fiesta. ¿Importan los regalos?, ¿Qué adornos? Unas breves líneas de afecto cuando se envían o reciben producen tanta felicidad o más que un regalo, y el saber de un hijo a la distancia, no importa donde ni como, sólo saber que está bien, inunda de tranquilidad a una madre.

La Navidad es igual en todo el mundo cristiano, con distintos idiomas y color de piel, pero los deseos son idénticos. ¡Que se apague el eco de los bombardeos expandiendo muerte, que todos los chicos con las panzas llenas jueguen a la ronda de la esperanza con muchas sonrisas y paz en la tierra!

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