Cuando los hombres recuperan la dignidad
Ricardo lagrimea de alegría. Sus ojos llorosos irradian una luz de tristeza residual que refracta en su sol: Lucerito, la beba que anticipó el renacimiento del pueblo de Nelson. Viviana no puede dejar de sonreír, mientras consume ansiedad junto a su marido en la espera cotidiana.
Es Ricardo Vallejos, junto a su familia, Viviana y cuatro hijos, Joel, Juliana, Joaquín y Lucero. Tiene 39 años en 1988 había comenzado a trabajar en el Frigorífico Nelson. Estuvo 8 meses desocupado. Reingresó a la planta cuando alquiló Finexcor. Trabajó un año y ocho meses allá por 1998. Después emigró a Esperanza. Hoy es pura felicidad porque volverá a su pueblo para llevar el pan a su hogar.
“Mi opción fue irme a trabajar a Esperanza en la planta de tratamiento de efluentes hace un año y cuatro meses” relata Ricardo, que comenzó en el frigorífico cuando tenía 25 años y completó 13 años como calderista.
Cuando cerró la planta, sufrió: “Imaginate, al tener que irme se parte la familia por la mitad. Pesan los sentimientos…”.
Tuvo la fortuna de encontrar empleo pronto, pero siempre con sinsabores. Antes de irse a Esperanza trabajó tres meses en la estación de peaje sobre la ruta 11 en una empresa de seguridad, que posteriormente también quebró y como era el último que había ingresado, fue despedido. Doble amargura.
“Gracias a Dios desde que se dio la quiebra del frigorífico me pude ubicar en otros trabajos” admite.
Y su faena era sembrar esperanza. “Una de las últimas veces que se cortó la ruta, me encontré con mucha gente que hacía mucho que no veía. Y me dio lástima, porque uno observaba las caras de preocupación, de ansiedad por volver a su trabajo y me llegaba mucho. Era muy duro porque uno más allá de tener su trabajo ve gente que la está pasando mal. Siempre -mientras pude- los apoyaba porque es algo que me llegaba: siempre tuve la esperanza de volver a ingresar al frigorífico. La peleaba de otra forma, no quizás como ellos cortando una ruta, pero esa esperanza estaba alimentada siempre de otra forma” se sincera Ricardo.
Y de aquella semilla nació una flor: a fines de octubre llegó Lucero Azul, que brilla en el hogar de los Vallejos, y casi un mes después, la noticia, que conmovió al pueblo de Nelson.
“Hablando con mi señora, comentaba que cuando me vinieron a buscar para la entrevista, un compañero me decía, ‘vamos, que quieren hablar con vos’. Cuando me dijo que estaba el gerente de planta, no caminaba, corría. No entendía nada. Mi compañero me contaba después que en ningún momento caminé, corría para un lado, para el otro. Me puse la camisa al revés… No me esperaba este momento. Estábamos todos desorientados”.
Viviana, su esposa, observa desde otro lugar, y tiende un paño de tranquilidad a la emoción de Ricardo, para reflexionar: “El sufrimiento es doble cuando no hay trabajo porque en nuestro entorno -amigos, parientes- hay muchos desempleados y uno con la alegría de tener trabajo no puede compartir ese sentimiento. Uno se siente mal y todo cuesta más. Tenemos un amigo -también con familia numerosa- que quedó sin trabajo y cuando lo llamaron a él, no podíamos compartir esta alegría con ellos. Hay que vivirlo: hasta que uno no conoce lo que es no tener trabajo… es tristísimo”.
La amargura resurge desde la llaga viva que deja la desocupación en la dignidad del hombre. “Los primeros meses que quedé desempleado -recuerda Ricardo- me sentía tan inútil porque veía que ella se levantaba todos los días para ir a trabajar y yo me quedaba en casa… ayudaba en la casa pero me sentía inútil porque se cambian los roles”.
La imagen del pueblo será por un tiempo la misma, pero ya se siente en la piel el aliento de la esperanza. Todavía humedecen las lágrimas de la triste ¿vida? sin trabajo, todavía revolucionan las palpitaciones de una pueblada decisiva, todavía hay hombres que luchan por ser y crecer en una patria que merece otro destino.