Sueños ajenos
Sueños ajenos

Sueños ajenos

Entre los objetos fabulosos destinados a fines perversos sobresale una cama metálica de la mitología griega que se ajustaba al tamaño de cualquier humano que descansara sobre ella. El portentoso efecto, sin embargo, se debía a la acción de su dueño -el bandido Procusto- quien acostaba a sus víctimas en ese lecho de hierro y recortaba con una sierra las piernas de quienes las tenían largas, o estiraba con cadenas las de aquellos que las poseyeran cortas.

Con este mito los contemporáneos de Homero denunciaron los riesgos que entraña el uso de métodos infalibles para hacer las cosas, una costumbre que aún lastima el ejercicio de muchos oficios cuando sus practicantes creen haber inventado el producto perfecto o la talla única.

Por sus gremios les conoceréis

Cuando los profesionales asumen que sus propias necesidades y gustos (o las de aquellos clientes que piensan como ellos) son universales están expuestos a nefastas equivocaciones. Tomemos para demostrarlo a los arquitectos y diseñadores. Así sea simbólicamente, éstos se asocian igual que otros humanos para alcanzar objetivos como enfrentar la competencia de los demás colectivos capacitados, vincularse ideológicamente, superar las barreras de un mercado escaso o indiferente y divulgar la obra de cada uno.

La red de apoyo entre colegas tiene como ideal fijar metas conjuntas y sumar las voluntades personales para alcanzarlas. Aunque no sean evidentes, toda comunidad profesional congregada entorno al medio universitario o al sector empresarial de un país, confiere características genéricas a sus integrantes. Que sean las apropiadas es otro asunto. Al interior de las naciones la situación se acentúa pues cada ciudad importante aloja su respectivo subgrupo divido en otros tantas fracciones.

Por supuesto hay diferencia entre una población desordenada de profesionales en una disciplina y un gremio cabalmente organizado. En términos jurídicos la primera es una asociación de hecho (sin organigrama y que actúa siguiendo caprichos momentáneos) mientras el segundo es una asociación de derecho (que funciona obedeciendo directivos electos mediante normas definidas).

En realidad, muchos gremios reconocidos lo son apenas de hecho y operan rigiéndose por reacciones usualmente negativas como prejuicios generalizados hacia quienes no forman parte de la élite profesional o, peor aún, por desconfianza y celos entre sus propios miembros.

Entonces ¿para qué la Independencia?

De hecho la ligereza y el azar regulan, en dichos gremios informales, aspectos tan decisivos como planear, tomar decisiones, regular la comunicación, dividir la participación de mercado, conciliar disputas, definir el liderazgo, incorporar novatos o recibir influencias exteriores.

En tanto sistema cada gremio tiene límites y jerarquías cuya eficiencia aumenta si son flexibles y se adaptan continuamente. Sus jerarquías están encabezadas por quienes gradúan los profesionales, acaparan la clientela o manejan la información, y se tornan más opuestas al cambio (aunque pasen por vanguardistas) a medida que consolidan su poder. Por ejemplo, entre nuestros diseñadores latinoamericanos existe una propensión a reverenciar dócilmente lo que dictan las celebridades europeas y norteamericanas en sus cónclaves feriales. Esa devoción irrestricta al dictamen del Primer Mundo nos impide incluso aprovechar el potencial progreso procedente de allí.

Hay que superar la herida histórica que nos hace sentir fuera de la civilización, dificultándonos romper el cordón umbilical con la Tradición Occidental, para alcanzar la pubertad social e iniciar aventuras autóctonas con miras a superar el criterio del simple negocio y emplear el diseño como herramienta que facilite una visión integral de la aspiración estética y los requerimientos cotidianos de las poblaciones locales.

Lecciones que no se aprenden

Para ello es vital ampliar la frecuencia y magnitud de contactos entre quienes sienten el diseño en las naciones de la región. Irónicamente, nos resulta tan complicado utilizar el poder combinatorio del idioma común como sencillo estimar el número de colombianos, ecuatorianos o bolivianos que residen ilegalmente en España u otras naciones de la Unión Europea.

Si miráramos menos hacia donde está la riqueza monetaria y más hacia el suelo compartido donde el atraso exige velocidad de respuesta, renovación de productos y gestación de industrias adecuadas, tal vez encontraríamos estrategias para plantear soluciones y traducirlas en ventajas competitivas reales.

Aunque idolatramos a Europa, seguimos sin imitar lo que debiéramos. Como el tesón con que Francia y Alemania, milenarias enemigas, perseveraron hasta sentarse con otros pueblos a comer en la misma mesa. Así, en tanto pensemos más en conseguir por separado honores y contratos, que en construir puentes mestizos para uso común, el proceso de unidad latinoamericana continuará mutilado por Procusto. Acostado en su ominosa cama. Como un atávico espasmo inconcluso donde prima, sobre cualquier esfuerzo integrador, lo más ciego de cada nacionalidad.

Por sobre el proyecto de gobiernos, empresas, universidades o revistas especializadas de éste o de aquel país se impone cimentar un mercado compartido con calidad vernácula y procesos productivos mancomunados y orgánicos que justiprecien las expectativas del consumidor regional haciéndole partícipe en la evolución escogida para los ambientes que habite y los objetos que use.

El fin de los hechizos

Armando Silva en su columna “Visite el Norte al Sur” recientemente publicada por el diario EL TIEMPO de la capital colombiana, describió al respecto la inclinación de los sudamericanos a valorar, desde siempre, nuestras metrópolis según referentes septentrionales.

Como soñando sueños ajenos, por nombrar algunos, convertimos a Buenos Aires en el París austral y a Bogotá en la Atenas, tenemos en Quito a nuestro Madrid y un Nueva York tropical en Sao Paulo. Henos aquí, muchedumbre enorme y desorientada que avanza hacia el sur queriendo, y creyendo, estar al norte. Esperando tarde o temprano levantar nuestros auténticos designios de la cama de Procusto, acabar de construir y diseñar conforme a tergiversaciones importadas de dudosa aplicación local, y dejar de buscar el norte en el sur para comenzar a encontrar el sur en el sur.

El primer paso para lograrlo es aceptar que no somos otros, sino que somos los que somos. Somos nosotros.

Por Alfredo Gutiérrez. Zootecnista bogotano amante del diseño y la arquitectura. Es escritor permanente de la revista proyectodiseño, el medio más importante en Colombia en el medio del diseño (industrial, arquitectónico, gráfico, interiorismo y de modas), los interesados en opinar sobre sus colaboraciones en El Cronista Regional, sugerirle temas locales para desarrollar en su obra o conocer algo más de ella pueden ver otros de sus trabajos en http://www.proyectod.com/enabstracto/3enabsint.html o escribirle a su dirección electrónica alfenabstracto@hotmail.com

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