Ana
Es flaquita. No creció en una habitación, en un patio o en una vereda como otros chicos. No tuvo entre sus piernas y manos unos juguetes de plástico. Creció en la calle. La esquina de 3 de Febrero y Avenida Alem es el lugar de su infancia. ¿Qué infancia puede tener Ana?. Indefensa, limpia vidrios desde que tenía dos o tres años, al rato del sol, entre la tierra seca que divide las arterias de esa desastrosa carpeta asfáltica. Por ellas, corre la sangre de la ciudad apurada. Los hombres y mujeres son los glóbulos que oxigenan con una limosna a las decenas de niños ahogados por la pobreza.
Cualquiera que se haya detenido más de una vez en esas criaturas de la calle, habrá visto a esa pibita con los pelos largos y despeinados, con las piernitas flacas y los pies descalzos, mendigando, poniendo en riesgo su maltrecha pero pequeña y tierna vida.
Ramón me cuenta que mucha gente le da ropa. “Para Navidad -recuerda- no me acuerdo el auto, pero hay una señora que le da cincuenta pesos”. ¿Tendrá hijas esa señora que ayuda a Ana?. ¿Será Ana la hija que no tuvo?. ¿Qué observan las personas con caridad en los chicos limpiavidrios?.