El juego de vivir
Niños que mendigan en calles de Santa Fe Crédito: El Cronista Regional
Dossier
21 de enero de 2004

El juego de vivir

En Urquiza y Boulevard Pellegrini está la esquina de los chicos. Cada mañana y cada tarde, una decena de pibes copan esa esquina para limpiar vidrios. Todos dejan sus bicicletas apoyadas en un ya maltrecho pino ubicado en el cantero central. No hay nada. No hay sombra, no hay bancos, no hay pasto. Ese es el espacio de los chicos.

La vida de los limpiavidrios más pequeños en las calles es distinta a la de los mayores. Los pibes juegan. No son conscientes de sus realidades o quizás muy poco. Ellos se divierten y pasan sus horas de infancia perdida en una esquina.

Estuve con ellos una siesta. Cuando llegué estaban jugando al juego preferido: la moneda. Un pedazo de tierra pelada es la cancha. Un círculo marcado a dedo y con monedas de cinco o diez centavos dentro, es el punto de partida. Esas moneditas deben ser sacadas del círculo mediante el lanzamiento de otra más grande, generalmente de cincuenta centavos. Cuando un intento es fallido, es moneda de más valor, quedó librada a su suerte: el que sigue en el turno puede “quemarla” con la propia y llevarla a sus bolsillos.

Los chicos explican el juego y se enojan por la interrupción. Quieren seguir jugando. Aunque saben las reglas del mercado. “Hablo si me da un peso” me dice el más pícaro después de explicarles el motivo de mi presencia. La insistencia me obliga a aceptar la negociación y dejo librada mi “entrevista” al natural juego de la oferta y la demanda.

Tras el acuerdo, todos hablan a la vez. Son cinco: Diego de 15, Martín de 14, Mario de 13, Jorge de 18, además de un gurrumín que casi no abre la boca.

Diego -el “gerente” de la nota- tiene la camiseta del Badajoz y lo sabe. Se ríen todos cuando me cuentan, a pesar de la tristeza que genera pensar en sus destinos.

“Limpio vidrios para tener para comer” dice Diego con rostro un oscuro iluminado por su blanca sonrisa. Está todos los días a la mañana y no va a la escuela porque no quiere. En la esquina se siente mejor: “la gente colabora” sentencia.

Martín tiene el pelo largo y cara de bueno. Es de San José del Rincón. “Hoy es la primera vez que vengo” revela. Antes vivía en una villa de Santa Fe pero no conocía este oficio. Sin embargo, ahora viene a la ciudad en busca de una moneda.

Mario explica su situación: “Uno viene para llevar plata para comer. Si no fuera por eso no vengo” admite reflexivo, a pesar de su corta edad.

Jorge es Charanguito, el más grande en esa siesta. “Jugamos, nos divertimos vieja” me dice canchero, como hablan los pibes de ahora. “La policía ha venido muchas veces -se despacha, sin que pregunte nada- y dicen que nos va a sacar porque molestamos a la gente. No pueden estar mas acá -nos dicen- la próxima vez que los veamos los llevamos”. La amenaza es cierta. La realidad de los pibes también. “Pero si no quieren que limpiemos vidrios, ¿que vamos a hacer?” se pregunta con resignación Charanguito, para ir más lejos. “Después no nos queda otra que ir a robar”.

Estos son los componentes de una convivencia forzada con la policía, los automovilistas y con ellos mismos. “Algunos nos dan monedas, pero otros quieren bajar a pegarnos. No les hacemos nada y enseguida se enojan” dice uno de los más chicos. Es la actitud más habitual producto de la mixtura entre la psicosis de la inseguridad y el delito joven concreto. Inseguridad virtual y real. Las dos juntas siguen abriendo la brecha entre “ellos y nosotros”.

Las preguntas se suceden pero se pierden en preguntas cortas y alguna que otra cargada. Charanguito tira del buzo a uno para seguir jugando. Una señal: se termina el tiempo para los periodistas. Diego se desespera por tener en sus manos el dinero acordado. No es para menos: semejante fortuna no es para despreciar. Toma sus dos pesos y en un abrir y cerrar de ojos está arrodillado en la tierra con sus monedas en la mano. Es el campeón de la monedita. Todos admiten sus virtudes en el juego y siguen, detrás de una moneda, jugando y creciendo en medio de las miradas de un frío y efímero público presente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *