Limpiavidrios, o el espejo de la realidad
Niños limpiavidrios en calles de Santa Fe Crédito: El Cronista Regional
Dossier
21/01/2004
pobres

Limpiavidrios, o el espejo de la realidad

De acuerdo a las últimas mediciones de la Encuesta Permanente de Hogares elaboradas por el INDEC e IPEC, en el aglomerado Santa Fe hay 26.599 desocupados, sobre un total de 172.029 personas que componen la Población Económicamente Activa (PEA).

A pesar de que los menores de 18 años no deberían trabajar, las mediciones oficiales contemplan la franja de 10 a 19 años producto de una realidad inevitable, dentro de los estudios por Grupos de Edad. En ese grupo etáreo, de 11.201 niños considerados como PEA, 4.993 -un 44,6 por ciento- está desocupado. En la franja de 20 a 29 años de una PEA de 45.159, un total de 8.455 jóvenes no tienen trabajo y representan un 18,7 por ciento. Entre ambos grupos de edad, hay una Población Económicamente Activa de 56.360 niños y jóvenes, de los cuales están desocupados 13.448, casi un 24 por ciento. Los datos corresponden a agosto de 1999 y presentan una realidad incontrastable.

Paralelamente, otro aspecto del informe del INDEC precisa la Población desocupada por nivel de instrucción: de los 26.599 desocupados en el aglomerado Santa Fe -ya sin tener en cuenta los grupos de edad sino de todas las edades- 2.465 tienen el primario incompleto, 8.962 completo; 5.175 tiene el secundario incompleto, 5.631 completo; y 2.511 posee incompleta una carrera universitaria, mientras que 1.563 son profesionales. Concluye el estudio de agosto de 1999 con 292 personas desocupadas sin instrucción.

La única razón que justifica introducir esta producción periodística con estos datos estadísticos, es saber que entre estos números pueden estar Omar, Ramón, Ana, Darío, Jorge, Martín, Diego y otros tantos chicos con los que compartí un momento esta semana de trabajo. ¿Suena contradictorio verdad?. Estuve trabajando junto a jóvenes que no trabajan y que se rebuscan la vida limpiando los parabrisas de los autos, en algunas de las avenidas más conocidas de Santa Fe, una forma un poco más digna de obtener una limosna.

Detrás y por fuera de esas cifras están ellos: esperando la luz roja del semáforo en cada esquina, un anhelo que se contradice con la ansiedad de pasar de los automovilistas.

Estos chicos que descienden de los márgenes de la ciudad hacia el centro en busca de un modesto aporte para sus familias, invaden los lugares más transitados con un balde, un limpia vidrio y un trapo. La escena habitual es la siguiente: semáforo verde. Los chicos esperan agazapados con ansiedad en el borde de la calzada. Las miradas esperan la luz amarilla. El segundo que significa el paso a la roja es imperdible: ya están encima de los autos y el limpia vidrios sobre los parabrisas. En algunos casos es casi una imposición. Después la convivencia: “le limpio el vidrio”. Si la respuesta es positiva todo transcurre con normalidad y el servicio se cierra con una moneda. En cambio si la respuesta es negativa, se produce el choque: “se lo limpio igual, aunque no me de nada”. Si la negativa persiste pueden venir los insultos e incluso alguna acción violenta.

Cuando el semáforo da vía libre, los chicos quedan envueltos por la columna de autos y recorren el laberinto mecánico hasta las veredas respectivas. Mientras esperan un nuevo turno, algunos juegan. Otros simplemente esperan.

Somos más

Este fenómeno que no es propio y que no es tan nuevo, permite hacer muchas lecturas. La necesidad de un pibe de limpiar un vidrio para tener una moneda, no sólo es un síntoma de la desocupación sino también una diversificación del “rebusque” al que muchos santafesinos están obligados.

Asimismo no deja de ser un servicio, aunque informal, que muchos consideran necesario para garantizar una buena conducción. Es una manera más digna de obtener una limosna.

También permite observar ciertas circunstancias interesantes que genera esta actividad: como decía más arriba, el surgimiento de una convivencia efímera que pone al desnudo el humor social, al crisis económica y los rasgos discriminatorios de la sociedad. Las palabras “negro” o “villero” -despectivas e irrespetuosas por cierto- se escuchan seguido en esas esquinas.

Otro aspecto es la caridad: las esquinas con limpiavidrios son también termómetros que miden ese valor, entre otros: comprensión, sensibilidad, solidaridad, sociabilidad.

Y porque no también el miedo: las ventanillas que se cierran rápido, las caras feas, las amenazas con la policía denotan el temor al robo en una sociedad hipersensibilizada pero por la inseguridad.

“Somos más” repitieron cada uno de los chicos que hablan en este informe. En dos esquinas pueden llegar a haber 20 limpiavidrios, sin contar los más pequeños que crecen en la calle jugando y pidiendo.

Todos engrosan las cifras que reflejan la joven desocupación. Representan la cara visible de la crisis económica, de la pobreza, de la miseria. Hablan de códigos de conducta: por ejemplo, no hay que robar. Muchos no van a la escuela y la mayoría no cree en los políticos. Otros sueñan con estudiar y trabajar para poder alimentar a sus hijos. Claro, hay muchos papás adolescentes. Lejos de ser introvertidos, disfrutan de un diálogo porque se desahogan de sus miserias. Los más chicos se divierten. Los más grandes empiezan a darse cuenta de que el futuro está ahí. No son tantos los hombres y mujeres de bien que se detienen por ellos, pero son los corazones que los contienen: algún peso de más, una ropa, una comida, una changa. Algunos hablaron con políticos. Recibieron promesas y ahora esperan el 10 de diciembre como tantos otros santafesinos, con esperanza de trabajo y la expectativa de que la cosa cambie.

Estos testimonios despiertan inquietud. Generan impotencia. Y muchos interrogantes: ¿tendrán cargo de conciencia los funcionarios que se van?; y los que vienen, ¿se ocuparán de los chicos de la calle?; ¿tendrán en cuanta la voluntad de los limpiavidrios y su necesidad de trabajar?; ¿alguien pensará hacer algo con ellos?; ¿que pasaría si sacan los semáforos de todas las esquinas?.

Las páginas que siguen, no conforman una investigación, no representan un informe sistemático ni científico. Son las voces de la calle. Los testimonios de los limpiavidrios, que esperan que su agua bendita enjuague las mentes y ablande los corazones.

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