Cuando la corruptela aflora
Cuando la corruptela aflora

Cuando la corruptela aflora

Ananías, Misael y Azarías fueron puestos sobre los negocios de Babilonia. Como fieles servidores de Dios se negaron adorar a otros dioses. Nabucodonosor lleno de ira ordenó que el horno se calentase siete veces más de lo acostumbrado pero el fuego no tuvo poder alguno, ni el cabello de sus cabezas se había quemado. Sus ropas estaban intactas, y ni siquiera olor de fuego tenían. El resultado fue el decreto que reconoció a Dios como el único y verdadero.

Hoy atravesamos tiempos en que se nos ordena “adorar y servir” a otro imperio: el venezolano. Subyugarse bajo un nuevo referente implica una serie de pactos a concretar que van desde relaciones diplomáticas, apoyo a la candidata presidencial hasta el pasaje de valijas. Todo ello habla de una prueba por la que atraviesa nuestro país. Es puntualmente la república quien pasa hoy por el fuego con sus instituciones, investiduras y funcionarios.

La esencia misma de la res pública romana descansa sobre la libertad de una comunidad que no está dominada por otra o por un autócrata, es decir, por una persona que ejerce por sí sola la autoridad suprema en un Estado. En este sentido, la ciudad estado, como oposición a un régimen autocrático (en latín, regnum) es originariamente una comunidad de hombres libres, ocupantes como propietarios o asignatarios, de un determinado territorio al que están obligados a defender. A su vez participan todos en mayor o menor medida de la decisión o gestión de asuntos comunes: existe relación entre posesión de tierra y estado de ciudadanía.

Lo que estamos perdiendo hoy es esencialmente nuestra libertad, nuestra capacidad de decisión. No se trata de la simple venta de títulos de deuda argentina sino del nacimiento de un nuevo acreedor. Y, lo que es peor, se erige el mayor de los peligros: la dominación económica dando paso a la dominación política. Estamos sin duda enajenando nuestro futuro.

Para explicar el fracaso político de la res pública, el político y orador romano, Marco Tulio Cicerón aborda la corrupción moral que caracteriza a una parte de la clase dirigente incapaz de conservar las virtudes que distinguieron a los grandes personajes forjadores del más glorioso pasado romano. Así, la causa última de los problemas del estado romano es provocada por unas pocas personas, que actúan exclusivamente bajo intereses propios y no en pos del bien común, creando dificultades con su actitud demagógica. Aquí está el puntapié inicial de la crisis de la República. La solución es eliminar los elementos peligrosos para lograr el restablecimiento del orden tradicional. Pero, ¿qué elementos deben eliminarse en este gobierno para que los vicios que atentan contra nuestra república dejen de aflorar?

Cuando las piezas fundamentales como componentes estructurales de un sistema político democrático se desmoronan, automáticamente al quebrarse la columna medular cae por completo el edificio. Las bases dejaron de ser sólidas para tornarse en ambivalentes. La pérdida de certezas, convicciones y esencias sobre la condición propia de la República ha colocado al desnudo a un país que, lejos de salir sin olor a humo está siendo incendiado literalmente en medios periodísticos internacionales. ¿A costa de qué?

Si viajamos en el tiempo una vez más el factor económico nos da la respuesta a nuestro interrogante. Ayer, el monopolio comercial lo tenía España; hoy pretende tenerlo Venezuela. La Corona castellana inspiró sus disposiciones referidas al comercio con las Indias en la doctrina mercantilista en boga según la cual puerto único y monopolio eran reglas esenciales. El régimen español de los siglos XVI-XVII y la prohibición impuesta a los extranjeros de comerciar con las colonias americanas, trajeron aparejado el contrabando o comercio clandestino que en contravención con las leyes existentes, no pagaba derechos aduaneros, violaba y defraudaba al fisco. Ésta fue la más grave de las consecuencias del sistema monopolista comercial español. A ello se le suma la actividad que desarrollarían corsarios y piratas. Ingleses, franceses y holandeses se organizaron para atacar las flotas españolas y hacerse de las riquezas y mercaderías que transportaban.

Históricamente el contrabando se realizaba en barcos. En este sentido “avanzamos”; se suman los aviones. Ayer nació para eludir el monopolio español; hoy para reforzar al venezolano…

Autora: Gretel Ledo. Abogada, Politóloga y Asesora Parlamentaria.

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